viernes, 25 de junio de 2010

Hacia la final


Estaba sudando la gota gorda. El partido acababa en 10 segundos e íbamos perdiendo de uno. Me pasé la mano por la frente mientras la entrenadora repartía las últimas indicaciones para poder clasificarnos hacia la final. Notaba como los pantalones cortos me apretaban, aunque en realidad faltaba poco para que se me cayeran. Eché un vistazo a la grada: estaba repleta, y allí estaban ellos, todos menos él. Mejor, odiaba que fuera a verme jugar al baloncesto.

Juraría que Amaia estaba más nerviosa que yo, incluso que las diez chicas juntas que formábamos el equipo. Se jugaba su puesto de entrenadora con ese partido y después de todo el entusiasmo y esfuerzo que había puesto para que llegáramos hasta el final, perder ahora sería realmente una putada. Hablaba muy deprisa, confusa. Tanto ella como todas las chicas del equipo sabíamos que estábamos realmente jodidas. Sus últimas palabras antes de que acabara el tiempo muerto fueron:

-Buscar la falta en la botella.

Todas formamos un gran corro y con las cabezas juntas nos dimos palabras de ánimo.
Nuestra base marcó la jugada, aunque como siempre no le hicimos demasiado caso, incluso cuando estábamos con el agua al cuello no éramos capaces de trabajar según las indicaciones de Amaia, quizá ese era el problema.

Me situaba muy cerca de la canasta y vi como Andrea, que tenía el balón, me miraba para pasarme. Me puse en alerta y de repente estaba en el suelo, seguidamente el árbitro pitó. Falta. Miré el reloj: 2 segundos.

Por fin había hecho lo que Amaia había pedido, al mirarla ella me correspondía con ojos esperanzados. No, no podía ser, me estaba dando cuenta de la situación: yo tiraría los dos tiros libres que podrían colocarnos en la final. Comencé a sudar más y más. Miré a la grada, esperando que alguien pudiera sacarme de allí.

El árbitro rechoncho que nos había robado el partido me exigía que me diera prisa. Me coloqué al borde de la línea de tiro, di un par de botes, resoplé, apunté y tiré.
Canasta. Empate.
Aplausos. Y mi sonrisa.

No se porque pero volví a mirar a la grada, y entonces fue cuando lo vi. Will había venido y me miraba con una gran sonrisa. Me puse más nerviosa, mucho más. Sabía que aunque fallara no pasaría nada, podríamos ir a la prórroga. Pero algo en mi interior me decía que tenía que terminar ahí. Volví a repetir el proceso. Un par de botes, suspiros, apunté y tiré.

Canasta.
Y una sonrisa aún más grande que la mía me iluminaba desde la grada.

2 comentarios:

  1. Un partido de baloncesto sube muchísimo la adrenalina. Tengo un amigo que podría afirmártelo sin dudar.

    Un beso, Ricky!

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  2. Y entonces....la sonrisas hacen canasta, las canastas partidos, los partidos gradas con gente, la gente hacen el partido que hacen canastas, que dejan sonrisas...el circulo virtuoso de la sonrisa en la grada

    abrazo
    druida

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