Es raro y difícil de creer, pero antes de aquella noche no recuerdo nada de mi vida.
Quizá fue porque todo cambió, porque maduré o porque, simplemente, quise olvidar.
En aquel momento, sentada en aquella silla de duro mimbre no pude imaginar todo lo que depararían todas las decisiones tomadas a lo largo de la tarde, hasta parar alli, en aquella pizzeria del centro de la ciudad.
Cogi mi rebeca rosa un poco desgastada y me sequé el pelo rápidamente.
Atravesé todas esas calles a una velocidad de vértigo, nunca quería llegar tarde, lo odiaba.
Las saludé y fuimos a aquel lugar que un tiempo después se convertiría en un simple recuerdo cargado de sonrisa e ilusión.
Reiamos y hablabamos sin parar, como siempre. Y que buen momento para ver entrar por la puerta al color negro que sería capaz de llenar mi vida o de vaciarla. Aunque claro, en ese momento solo podía fijarme en él.
Quizá fue demasiado rápido, quizá no. Quizá era demasiado pequeña y el demasiado mayor. Quizá nunca debí entrar en aquel lugar o, simplemente, fijarme en la persona equivocada.
¿Equivocada? NO. Gracias a esa persona giro alrededor de las mejores personas que he conocido en mi vida.
Y ahora ese color negro también forma parte de mi mundo, al igual que todos.
Muy buena historia, parece increíble para el comienzo de alguna amistad.
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