jueves, 23 de diciembre de 2010


No, no se entiende. No se puede entender. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es que ya no está? ¿Cómo puede estar con otro? Vuelve a ver ese coche de conducción segura. Los imagina en la cama, abrazados.De algo está seguro: "no podrá amarla como yo la amaba, no podrá adorarla de esa manera, no sabrá apreciar todos sus dulces movimientos, esos gestos de su rostro"

Es como si sólo a él le hubiera concedido ver, conocer el auténtico sabor de sus besos, el color real de sus ojos. "Jamás ningún hombre podrá ver lo que yo he visto. Y él menos que ninguno. Él, real, crudo, inútil, material..." Lo imagina así, incapaz de amarla, deseoso tan sólo se su cuerpo, incapaz de verla de verdad, de entenderla, de respetarla, Él no se divertirá con sus dulces caprichos. Él no amará tampoco sus pequeñas manos, sus uñas mordidas, sus pies gordezuelos, ese pequeño lunar escondido, al menos no tanto como para que no lo encuentre. Tal vez lo verá, sí, qué terrible sufrimiento, pero no será capaz de amarlo. No de esa manera...



Quería actualizar el blog, ya que lo tengo un poco abandonado; pero como mi inspiración está estancada he decidido recurrir a lo fácil y escribir aqui un párrafo de uno de los libros que me han aportado más. Prometo volver pronto.

viernes, 10 de diciembre de 2010

"Disfrutando a poquitos la vida entera"

Ella sabía que estar pasándolo mal por una persona tanto tiempo no era bueno, y mucho menos, si no merecía la pena. Pero necesitaba saber más cosas sobre la vida de aquel chico y se acordó de uno de sus amigos, con el cual no había hablado demasiado.

La relación entre ellos carecía de sentido, no tenían nada en común. Pero a ella le llamó la atención que, aunque él no soltaba prenda sobre su amigo, siempre la saludaba para hablar de cualquier tema. Quien sabe si fue por esa razón, o por los pequeños detalles que ambos compartían, pero a ella le empezó a inspirar más confianza y el interés por conocer a aquel chico fue aumentando. Ya no se movía por el interés, sino por su propio bienestar, porque se dio cuenta de que hablando con él se sentía bien, muy bien. Y se dio cuenta de que tenían muchísimas más cosas en común de lo que se imaginaban.

A los pocos meses, el dolor que la había estado torturando durante más de un año, había desaparecido. Y todo gracias a él. Muchas fueron las veces que aquello se repetiría.

Poco a poco el contacto fue creciendo más y más. No pasaba un día sin que se contaran su mañana, lo que habían visto, lo que habían sentido en cada momento. Acabaron por ser los mejores amigos. Dando muchísimo de que hablar y eso les encantaba a los dos.

En cada salida uno no podía estar lejos del otro, ella estaba siempre junto a él, y él junto a ella. Siempre que uno estaba mal el otro, automáticamente lo estaba también. Siendo el único consuelo que encontraban. Discutían a menudo, si. Pero las personas que se quieren discuten y ellos se querían muchísimo.

Paso algo que hizo que se separaran. Para ella, sin duda, la peor época que recuerda. Se sentía vacía, y es que le faltaba la mitad de ella misma. Su dependencia hacia él era mala, y lo sabía, pero tenía claro que no quería nada más que a él. Tenía claro que lo necesitaba como a una droga. Aunque sonara demasiado fuerte y muy poca gente lograra entenderla.

Pero él volvió, aunque relativamente. Todo entre ellos estaba tenso, estaba claro que no era lo mismo. Pero ella se prometió que no pararía hasta que todo estuviera en su lugar o lo más cerca de él. Tenía claro que tenía que volver a ganárselo, pero las personas cambian y esa tarea era cada vez más difícil.

Muchas fueron las veces que ella pensó que a él no le importaba, que no tenía en cuenta todo el esfuerzo que hacia por recuperarlo. Y, aunque le dolía al pronunciarlo, llegó a pensar que él había dejado de quererla. Por muy difícil que le resultara creerlo.

Pero, como siempre, él era complicado. Muchas fueron las veces, también, que le había demostrado todo lo contrario. Recuerda un día en la playa, un abrazo en medio de una noche llena de discusiones en una vieja fábrica, una noche de nervios antes de un concierto en su casa, incluso recuerda todos los viernes que han pasado juntos y él la ha hecho sentir algo que nadie consigue.

Hoy hace dos años que se conocen, y aunque el segundo haya sido distinto al primero, siguen conociéndose y confiando el uno en el otro como antes. Y, por supuesto, siguen siendo los mejores amigos. Esos que no pueden estar el uno sin el otro. Por mucho que, a veces, lo nieguen.






No puedo decirte que seas mi todo, porque te estaría mintiendo. Pero si puedo decirte que eres la única persona capaz de complementarme totalmente. Gracias, por estos 365 días. Si, este año ha sido “distinto” pero me conformo. Me conformo con saber que aún tenemos cosas que nos unen únicamente a los dos, que solo nosotros podemos encontrarle sentido a algo que no lo tiene para nadie más. Me conformo con seguir sintiendo que podemos decirnos cosas con una mirada o con una sonrisa, si, y también me conformo con esos diminutos abrazos, demasiado rápidos para mi, pero que al ser tuyos, son los mejores, y con seguir yendo a tus partidos, para disfrutar cuando tu disfrutas o para sufrir cuando tu sufres, y, ¿por qué no? me conformo cuando me dices un “y yo”, porque se que lo dices de verdad, aunque me cueste. Y se, que siempre te tendré a ti para poder desahogarme sobre cualquier tema. Y aunque te cueste, confío en que tú sigas haciendo lo mismo conmigo. Me conformo también con saber que aunque me duela, serás la única persona que me diga lo que piensa en ese instante. Me conformo con saber que nadie podrá llegar a ser lo que tú eres y has sido para mí. Aunque nos separen millones de kilómetros. Me conformo con saber, que en la mayoría de los casos, pensamos exactamente igual.

Que te quiero, y no se cómo explicarlo sin usar estas dos palabras que, ahora, parecen vacías al verlas escritas por todas partes. Aún así me alivia saber que cuando tú me lo dices, lo haces en el momento que tú crees que es el correcto y, muchas veces, aciertas. De todas formas necesito que me lo digas, por la simple razón de que me des la seguridad de que estás conmigo y no a años luz de mi. Supongo que cada vez que te digo esas dos palabras es para que sepas que quiero seguir sufriendo por ti, aunque me haga daño, porque sé, que tarde o temprano, volveré a sentir que estás otra vez a mi lado. Como siempre. Pero como ves no he podido describir esas dos palabras de otra forma, y no me queda más remedio que decirte
que
te quiero. Cada día más. Y que nunca dejaré de hacerlo, pequeño superhéroe.

sábado, 4 de diciembre de 2010

El final del juego

Mi relación con Jazz iba cada vez mejor. Tenía la sensación de que estábamos bastante unidos, más que antes. Fueron más de uno los viernes que quedé con él en vez de con las chicas, nunca pensé que pudiera molestarles, ellas se llevaban bien con Jazz.

Un viernes estaba en el portón de Jazz haciendo nada, como siempre. Mi móvil empezó a sonar: era un mensaje. De una de ellas tres. El mensaje era corto, con dos simples palabras pero que decían mucho. Creí que efectivamente aquello se trataba de un juego, que era
broma, pero me llegó otro mensaje. De otra de ellas, idéntico. Empecé a creer que, quizá, no fuera tan broma como yo me pensaba. Jazz no dijo ni una palabra. Finalmente mi móvil vibró una tercera y última vez. Esta vez el mensaje me dolió más aún, era de la chica que había sido mi mejor amiga durante mucho mucho tiempo. Con la que había compartido más que conmigo misma. Ella también me decía en aquel mensaje que el juego había acabado.

No sabría definir muy bien mis pensamientos y mi cara en esos momentos, quizás, Jazz tenga más cosas que decir respecto a eso. Lo único que hice fue levantarme de aquel portón y salir corriendo, dejando a mi mejor amigo allí. Las llamé.



Corrí, corrí por la gran calle de la ciudad.
Corrí como nunca había corrido. Corrí olvidándome de mi asma, olvidándome de todo. Solo me importaba verlas a ellas.

Llegué por fin al lugar donde se encontraban. Pedí explicaciones, con una tímida sonrisa en la cara, con la esperanza todavía de que se tratara de una inocente tomadura de pelo.

-Ya has jugado bastante con nosotras. Creemos que esto debe terminar aquí.- dijo la mediana de ellas, mientras que la mayor afirmaba y la que había sido mi mejor amiga
agachaba la cabeza.

-No entiendo, ¿qué pasa?- lo dije desesperada por conseguir una explicación a toda aquella locura.

-Nos has sustituido por Jazz y estamos hartas. Creo que sería mejor que tú siguieras tu camino y nosotras el nuestro.

Las miré una a una, a los ojos: definitivamente, no las reconocía. Y me quedé ahí, sin mucho más que hacer…



Cuando Luz terminó de contarme la historia supe que yo tenía que convertirme en su mejor amiga. Una de verdad. Y que juntas saldríamos de eso, aunque acabáramos magulladas intentándolo.

martes, 23 de noviembre de 2010

Un simple 24

Y ahí estábamos.

Las tres mirábamos la hoguera. El sofá estaba ardiendo más rápido de lo que yo me imaginaba. De vez en cuando miraba hacia la izquierda del círculo que formamos alrededor del fuego: aquellos cinco tíos estaban abrazados, mirando también el fuego y moviéndose al ritmo del gran Bob Marley. Aquel “No woman no cry” nos afectó a todos demasiado.

-¡Venga!, coged estos papeles y apuntad un deseo. ¡Tiradlo fuerte, que caiga justo en el centro del fuego!

La madre de mi amigo nos hablaba ilusionadísima. Para aquella familia el día de San Juan era una tradición indiscutible.

Toda la tarde nos la habíamos pasado de un lado para otro, en la piscina o en el propio campo jugando a no hacer nada y, después de cenar, tocaba el momento más esperado: la quema de todos los malos recuerdos de ese año. Por supuesto, todos quemamos nuestros apuntes y ejercicios de ese curso.

Todos nos quedamos mirando nuestro papel en blanco un momento. Algunos tardaron en decidirse más que otros. Yo fui de las últimas. La verdad, no sabía que pedir. Todo era más o menos perfecto a mi gusto.

Me decidí, pero no quise escribirlo. “El deseo está pedido, ¿qué más da?”. Lancé lo más fuerte posible aquel papelito vacío y me quedé mirándolo hasta que desapareció entre las llamas.

Observaba, al lado de mi amiga, como todos saltaban la hoguera. Incluso el padre de mi mejor amigo se atrevió. Me parecieron todos muy valientes, tenía claro que yo nunca me atrevería a saltar sobre el fuego. Sin darme cuenta se me empezaron a caer las lágrimas. ¿El por qué? Ni si quiera yo lo sé.

Quizá era porque sentía que aquello nunca más se volvería a repetir.

¡Qué pena! Fueron de esos días; de los días que se quedan para recordar.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Familia

-¡Recoge de una vez, pesada! El autobús sale enseguida y vamos a perderlo por tu culpa. ¿Es que no tienes ganas de volver a casa?

Max me hablaba a chillido limpio desde la puerta de la casa. Will, Ashley y Luz esperaban impacientes ya en el rellano.

-¡Id bajando! Esperad abajo, que ya voy.

Recogí lo más rápido que pude las reglas, escuadras y cartabones que estaban repartidos por la gran mesa que pude colocar en la pequeña habitación. Las metí con cuidado en la mochila y me la colgué al hombro. Claro que tenía ganas de volver a casa, menuda pregunta. Hacía dos semanas que no pisaba mi ciudad natal, pero cuando me ponía a "trabajar" no era dueña del tiempo.

Aún no entendía como me había podido arriesgar tanto con mi futuro... ah, si, porque me encantaba. De todas formas seguía pensando que estudiar arquitectura no me iba a salir bien. Tenía el presentimiento de que no lograría terminar.

Con la maleta cogida en peso bajé velozmente las escaleras del edificio en el que vivíamos. Saludé al portero con una sonrisa y miré hacia la puerta: mis 4 compañeros de piso me miraban de forma cansada.

-Siempre igual, ¿eh?, ¡venga, por dios!

Me produjo una sonrisa la expresión de Ashley. La decía desde que la conocí, era muy propio de ella.

El camino hacia la estación de autobuses fue corto, como siempre. Mi amiga y yo tuvimos mucha suerte al poder colocarnos en el piso de Luz, Max y Will un año después que ellos. Estaba en un sitio genial de la ciudad andaluza.

Las dos horas de autobús se pasaron más o menos deprisa. La música que salía de mis cascos me relajaba notablemente. Mirando por la ventana me acordé de como había sido mi vida hace tan solo dos años. Todo estaba más o menos igual aunque de vez en cuando me acordaba de la que fue mi pequeña amiga. Que lejos quedaba nuestra amistad ahora. ¿Y qué habría sido de Pablo, James y Matt? Hacía meses que no sabíamos nada de ellos. Pensando me acabé quedando dormida.

Cuando abrí los ojos ya estábamos casi en casa. Bajamos y me despedí con una grandísima sonrisa de los que eran ahora mi familia.

jueves, 28 de octubre de 2010

La fatídica noche (II)

El camino transcurrió de una forma que todos recordaríamos tiempo atrás. Las risas inundaban el silencio que existía en la pequeña ciudad en la que vivíamos y todos hacíamos cosas que dejaban atrás toda la poca vergüenza que nos quedaba guardada.

Mis dos amigas andaban delante con Pablo, mientras que Will y yo quedábamos al final del pelotón, hablando de nada y riéndonos por todo. Y él se paraba sin avisar, simplemente para abrazarme.

-¡Estás muy borracho!- le grité sonriendo. Estaba muy gracioso así.
-¡Qué va! Simplemente me duele un poco la cabeza.

Y avanzábamos unos cuantos pasos más. Y nos movíamos hacia delante, nos uníamos a nuestros tres amigos. Y de nuestras bocas solo sabían salir disparates que se perdían en la cálida noche.

-¡Dormiré algún día en tu casa!- grito Will-Tengo que conocer a mis suegros.
Esto se lo dijo a Ashley. Me volví y sonreí, durante los días anteriores a ese, aquella era la tontería que más ocupaba nuestro tiempo.

Llegamos a la parada de autobús donde me despediría, pues una mentira piadosa a mis padres no me dejaba que me acompañaran hasta la mismísima puerta. Nos abrazamos, como siempre, para despedirnos.

-¡Te queremos!-gritó Ashley mientras yo abrazaba a Pablo.
-Pero yo más.
-Vaaale, Will te quiere más, pero solo un poco.-le contestó mi amiga con un poco de enfado.

Mi mejor amigo me abrazó y me dio un beso en la mejilla. Mientras que nuestros compañeros esperaban. Después otro beso más cerca y un último, en el blanco.

No puede ser. ¿Qué hace? ¿Me está besando?

Los tres nos miraban perplejos, totalmente sorprendidos por lo que acababa de suceder. Se alejaron para dejarnos hablar. Lo necesitábamos.

-¿Qué haces? ¿Estás loco? ¡¿Por qué?!
-Lo siento, lo siento, lo siento…

Esto lo dijo apoyado en mi hombro y noté como, a la vez, una lágrima nos caía a cada uno.

-Necesitaba hacerlo.
-Estás borracho-dije algo decepcionada, volviendo a la realidad.
-No.

Esta vez lo dijo mirándome a los ojos. Y más besos.

Pero, ¿qué hago? Es mi mejor amigo. No puedo hacerlo. No debo hacerlo. Pero ¿qué más da? Yo quiero hacerlo, también necesitaba hacerlo. Despierta, Alex, está borracho, ¿es que no lo ves? Él no hubiera hecho esto de no ser por el alcohol. Es un error. Vuelve a la realidad. No quiero. Yo lo necesito, yo lo quiero. Lo quiero más que a nada. Esto es una prueba de ello, ¿no? Y él también me lo demuestra. Pero… ¿y si ha sido impulsivo? ¿y si no sabe lo que hace? ¿y si…? ¡Deja de pensar! Si, cierto. Lo quiero, eso es lo que importa y yo también quiero hacer esto.

Y al rato vino otro beso, esta vez de despedida.

Y después llegó un mensaje al móvil.
Y después una llamada.
Y después u
n te quiero.
Y una inútil promesa.
Y un fatídico final: el fin de nuestra magia.

domingo, 17 de octubre de 2010

Carta de despedida

En el sobre, con su descuidada caligrafía y con su querido bolígrafo negro, se podía leer: para los nueve. Le dio la carta al niño y le indicó a quiénes tenía que dársela.
Cuando el chico comenzó a andar hasta los que eran sus amigos, ella se quedó ahí, esperando a que el sobre llegara tal y como se lo había dado al pequeño. Ella los había reunido allí, para verlos a todos juntos una última vez.

Cuando el sobre fue entregado a la chica de ojos verdes y a veces marrones, se quedó mirándolos, observando sus reacciones en silencio.




Se que es sorprendente que haya podido haceros esto. Si, pensaréis que no es justo que no me haya dignado a salir de mi escondite para daros un último abrazo pero no me siento con las suficientes fuerzas y creo que vosotros tampoco.
Las despedidas siempre son duras y esta más. Además, si hubiera venido físicamente no os hubiera podido decir todo esto.
Quiero que sepáis que por muchos kilómetros que nos separen siempre quedarán los buenos momentos. Y que nunca nos separaremos, pues yo, por lo menos, os tendré siempre en mi corazón. Se que suena cursi, pero es la clase de frases que pegan ahora.
Y no quiero que estéis tristes, pensad que así os libráis un poquito de la pesada que soy.

James, Matt poco tengo que deciros a vosotros. Aunque ahora hayáis echado raíces con otro grupo me gustaría mucho que los días que venga pudiera compartirlos también con vosotros. Matt, tu fuiste mi primer mejor amigo y sabes, nunca olvidaré todo lo que has hecho por mi. James, gracias por dejarme conocerte un poco más.

Pablo, sonríe. Sabes que tienes que sacar esto adelante. Con tus bromas y tus tonterías sueles alegrarnos a todos. Pensaré muchísimo en ti. Después de todo sigues siendo uno de mis nenes. Y lo que tú y yo hemos vivido no se puede comparar con nada más. Recuerda que si no es hoy, será mañana.

A ti, pequeñaja, inúndalo todo con tu estruendosa risa. Con esa tan contagiosa. Sigue con tus pequeñas cosas que te hacen grande día a día. Sigue llenando tu habitación con libros y con pendientes de todas las clases. Porque cuando vuelva quiero ver cosas nuevas. Intenta sobre todo ser feliz. Y cuida de la pequeña, que necesitará siempre a su tita.

Max, Will, Ashley, Luz, siento que nuestro plan de irnos a vivir juntos se haya estropeado. Me hacía muchísima ilusión poder pasar todos los días junto a vosotros. Espero que sea así, pero a un poco más de distancia.
Max, cuida de mi mejor amiga, quiero que estéis así durante mucho tiempo. Luz, cuida de Ashley, ya sabes que es muy sensible respecto a estas cosas. Pero no os preocupéis, antes de que os deis cuenta me tendréis de nuevo entre vosotros.
Os doy las gracias a las dos, por estar ahí siempre. Y sobre todo a ti, cabrica, porque eres de las cosas más grandes que me han podido pasar en la vida.
Y de ti, superhéroe, no se que decir. Serás la persona que más eche de menos, a la que más necesite. Necesitaré tus ánimos pero también tus desprecios, no creo que nadie consiga hacerlo como tú. Nunca habrá nadie que pueda llegar a lo que tú has sido y eres en mi vida. Nadie. Intanta tú también no sustituirme, me sentiría muy mal.

Y no os preocupéis demasiado por mí. Estaré bien. Llamadme cuando queráis, siempre a vuestro servicio. Volveré pronto, prometido.

Recordad que no habrá un minuto del día que no esté pensando en vosotros, pero sobre todo recordad que os quiero.





Cuando vio a su mejor amiga llorando y doblando el papel supo que habían terminado de leer. Ese fue el instante en que comenzó a andar hacia su nueva vida.

sábado, 16 de octubre de 2010

Y asi pasan los días

Paseaba por aquel rincón de su pequeña ciudad sin rumbo, con ningún fin, simplemente escaparse un poco de todo lo que la rodeaba, pero como pensó: no pudo.

Su pelo negro se agitaba con la suave brisa que corría y con los brazos cruzados, abrigándose, avanzaba un paso más. En su travesía vio a parejas, a muchas parejas. Sonreía al ver que todavía seguían yendo a aquel lugar para tener un poco de intimidad.

Notaba como todo un mundo quedaba ya lejos, estando ella atrapada en el suyo propio, lleno de llantos y desgracias. Primero estaba lo de ellas cuatro. Veía que ya nada era lo de antes. Eso ya lo sabía, pero ahora era distinto: habían pasado a ser tres, y la perdida de una de ellas le dolía tanto como si le clavaran un puñal directamente en el corazón. Pero prefería parecer fuerte ante ese tema, indiferente, te todas formas ella también lo era y no le importaban las palabras de desprecio que escribía hacia las tres personas que habían sido las más importantes de su vida. Pero se vieron sustituidas y cada paso que daban era un paso más hacia su final de historia.

Se secó una de las lágrimas que le mojaban la cara.

Después estaba su casa. Un ambiente de tristeza e impotencia lo envolvía todo. Hace días que se habían enterado de una noticia y eso había hecho mella en ellos. Como siempre en esos temas, sus padres se lo ocultaban todo y ella tampoco era capaz de preguntar nada, seguramente por miedo a la respuesta. Tendría que esperar a que le dieran la última buena noticia o la última mala noticia. Y la espera se hacía interminable. A consecuencia de esto, su concentración iba y venía. Estaba en un curso importante y aún no se daba cuenta de que tenía que esforzarse más, pero no podía y eso la preocupaba : su futuro estaba en juego.

Pasó al lado de una pareja. Reían y se besaban despreocupados de todo y de todos. Una leve sonrisa se posó en su cara y recordó cuando hace un año exactamente ella era la chica más feliz de la ciudad. Suspiró y se dio cuenta de lo lejos que quedaba eso.
También estaba lo de su amiga de siempre. Después de dos años, podría decirse que su novio la dejó plantada en el altar. “Tenían tantos planes de futuro…"
Al estar su amiga así, entre ellas también había un ambiente de continua tristeza.

Y por si todo esto fuera poco llevaba haciendo la cuenta atrás desde hacia meses. Sus mejores amigos se iban a estudiar a la universidad y notaba que se quedaría sola. Los echaría muchísimo de menos y no se imaginaba la vida sin ellos, aunque solo fuera un año.


Acabó llegando al parque, y un montó de recuerdos comenzaron a llenarle la vista.

Sabía algo que la podía animar, solo con una cosa podría volver a sonreír y ver todo de otra forma: Will. ¿Lo malo? Él no estaba.

domingo, 10 de octubre de 2010

Me ciega la luz de la habitación. Que bonito el día, nos despierta el sol. Miro a mi derecha y la veo: sigue en la misma posición, mis sábanas blancas caen sobre su espalda semidesnuda subiendo en la pequeña curva de su cintura. Es increíble lo que pueden hacer las fans por acostarse con un músico más o menos famoso. El beso que me da hace que recuerde el olor de su saliva en mi boca la noche anterior y sin pensarlo dos veces voy a adentrarme un poco más en su camisón.

Ella sabe lo que hay, maneja su rol. Mueve sus fichas a la perfección. Me acaricia y me dice que puede ir más allá. Podemos aguantar un poco más. Quizá después de desayunar quiera hacerlo en el ascensor. Quien sabe, la fama es así.

Poco recuerdo del concierto de esa noche, solo puedo rememorar música a todo volumen, palmas, chillidos, mucha gente, algún que otro cigarro prohibido y alguna que otra copa con varias mezclas también.

Tampoco recuerdo como la conocí a ella, quizá fue en el backstage, pero se lo que me gustó cuando la vi: su descaro, su libertad y, sobre todo, su cuerpo. No podía creerme que tuviera fans tan guapas y tan agradecidas.

Efectivamente, su desenfreno se desató en el ascensor, aunque dijo que después le gustaría repetir en el balcón. “Menuda mañanita”, pensé mientras me desabrochaba el pantalón. Todo iba muy bien, mejor de lo que cualquier hombre pudiera soñar. Demasiado ruido hicimos que aparecieron dos policías pidiéndonos la documentación.

-Parece mentira que abuse de su fama para saltarse las reglas. Esto es un delito. Acompáñenos.

No tenía remedio: no aprendía la lección, siempre me pasaba lo mismo. El dejarse llevar está bien de vez en cuando, pero todas las semanas terminaba en el calabozo.

Pasaron los días y volví a encontrarla, tan guapa como días atrás. Me paró, en medio de la calle.

-Basta de hablar.

Esas fueron sus últimas palabras antes de empujarme hacia un sucio portón. Que pena, que solo estuviera a escasos metros de la comisaría. Solo le dio tiempo a ponerse los tacones y una falda que parecía un cinturón. Yo, como siempre, con chaleco y gafas de sol. Nos fuimos rápido, fumándonos un cigarrito.

No se si la volvería a ver, pero estaba claro: ella tiene un don.

sábado, 9 de octubre de 2010

19.03.09

El plan era pasar una tarde patinando los tres.
Acabamos haciendo de todo menos patinar.
Fue de esas tardes que no haces nada, pero que te lo pasas muy bien.


lunes, 4 de octubre de 2010


Fue una noche de septiembre, casi al filo de los tres años de conocerse, cuando él le dijo que la amaba y que siempre fue asi. Fue la noche antes de que él se marchara para siempre.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Otro encuentro.

Lloraba a más no poder, Nerea se sentía sola, abandonada, y era la primera vez que le pasaba en la playa, pero así era. Sentía que “no era la primera en la lista de nadie” y aunque sabia que no estaba bien clasificar a las personas era lo que pensaba. Estaba sentada al borde del embarcadero esperando que pasara algo que pudiera evadirla de sus estúpidos pensamientos.

-¡Hola!

“Lo que me faltaba”, pensó. Aquel chico que la perseguía constantemente había aparecido con su estúpida sonrisa y se había sentado a su lado. Llevaba intentando ser amigo suyo desde que la recordó semanas antes, pero a Nerea le ponía de los nervios. Pensaba que era un chulito de capital que solo sabía hablar de sus novias anteriores. Ella había intentado mantener una conversación y no ser totalmente antipática, pero no vio que mereciera la pena.

Se limpió las lágrimas de su cara tan rápido como pudo, pero él fue más veloz.

-¿Por qué lloras? ¿Quien ha sido?- dijo con tono burlón, esperando de ella una risa.
-¿No sabes dejarme en paz?- respondió seca, borde.
-No es que no sepa, es que no puedo- y le guiñó un ojo.
-Piérdete, nadie ha pedido que vengas.
-¿Siempre eres así de antipática con los que intentan animarte?
-Solo a veces. Pero contigo es un placer- esta vez la que guiñó un ojo fue ella, esta vez divertida.
-No voy a parar hasta que eso cambie.
-Adiós.
-Acabarás muriéndote por mis huesos- le susurró al oído al tiempo que se levantaba.

Y Nerea no supo como, pero sonrió de una forma estúpida.

-Y no estás sola.- esta vez lo dijo de una forma muy seria. A ella le dio seguridad.

Y volvió a sonreir.
Se quedó pensando en sus palabras. Quizá se había pasado con él, ahora no le parecía tan mal chico. De repente un avión de papel se estrelló contra su espalda. Al final del muelle: él. Lo abrió con cuidado y leyó: “las personas verdaderamente especiales son las que en vez de hacerte reir, te hacen sonreir.”

Se volvió. Pero él ya no estaba.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La fatídica noche (I)


Si las cosas hubieran surgido de otra forma ahora no estaría recordando esto de esta forma y habría sido un simple 31 de octubre…


Corríamos despavoridos por los pasillos de aquella casa supuestamente encantada. Con la adrenalina a tope, Will agarraba mi mano con tanta fuerza que sentía que él tenía más miedo que yo. Aún sabiendo que esas personas eran actores no podíamos evitar chillar cuando nos asustaban. Días antes me confesó que a la noche de brujas le tenía mucho respeto. Esas palabras me produjeron una estruendosa carcajada.


El bajo seguía como siempre: instrumentos al fondo que hubo que quitar y desorden por todas partes. No llegué a sentarme en el sofá, ya que habían sucedido demasiadas cosas entre esos cojines.

La bebida corría demasiado rápido de unas manos a otras y, poco a poco, empezó a sonar la música. A algunos se les subió demasiado rápido la noche a la cabeza y bailaban de una forma ridícula, típica de borrachos o de los que quieren parecerlo.
Pablo se bajó los pantalones delante de todos, como siempre. Algo que veía totalmente desesperado para llamar la atención y algo que yo odiaba profundamente. La noche siguió así, tranquila, risueña.


Se empeñaron en acompañarme a casa. Luz se había quedado con Max, mientras que Pablo, Ashley, Will y Julia seguían conmigo unos diez minutos más.
Los diez minutos que marcarían la noche y el resto de meses posteriores.

domingo, 5 de septiembre de 2010



La niña tenía unos once años, su sonrisa era bonita, aunque un poco atrofiada por culpa de un diente que no había terminado de colocarse en su sitio. Sus ojos marrones casi negros trasmitían una seguridad de chica mayor. En aquel tiempo su pelo lacio y negro descansaba sobre sus hombros.
Su madre había considerado ese día que ya era mayor para poder pasear sola por la orilla de la playa, y después de que la niña estuviera insistiendo una y otra vez durante seis años su alegría fue máxima.
Atravesó sonriendo la pequeña cala que ambientaba ese pequeño pueblo donde vivía durante los dos meses de verano, mojándose los pies y de vez en cuando dando patadas al agua increíblemente limpia aquel día.

El sol brillaba con fuerza, parecía el día oportuno para que aquello pasara: todo era perfecto, un perfecto día de verano. Al terminar su paseo decidió ir al embarcadero y retrasar un poco más su llegada, aunque sabía que su madre ya estaba preocupada.


Salió corriendo y se sentó en la última tabla, donde se paraban los barcos y balanceó sus largas piernas una y otra vez. Mientras, se miraba la pequeña cicatriz que marcaba su rodilla derecha.
Se levantó a los minutos y al llegar al final se tropezó con un chico por ir absorta mirando hacia el mar. El niño aparentaba una edad superior a la suya, pero no conseguía cifrarle una edad. Su pelo era pardo, liso, muy brillante y aparentemente suave (tiempo después descubriría que si lo era). Sus ojos increíblemente marrones la penetraron y no pudo articular palabra. A ella le pareció que a él le había pasado lo mismo. De su boca no salió nada, solo un: perdona, enana. Y su sonrisa la cautivó.





Tiempo después ese chico la haría infeliz y feliz , en el mismo sitio donde se cruzaron con once y trece años. Pero de una forma u otra, serían los momentos más inolvidables que ella viviría durante dos meses al año.

viernes, 9 de julio de 2010

Verano




Como todos los años por estas fechas me encontraba en mi pequeña habitación dorada. Sacaba las cosas de los cajones despacio, la verdad es que no tenía prisa por terminar aquello. Yo sabía que significaba: me iba.

Siempre me gustaba hacer la maleta, para todo. Y mucho más aquella. Eran mediados de julio y al día siguiente tomaría rumbo a mis queridas tierras veraniegas. Llevaba todo un curso esperando a que llegaran las vacaciones y por fin me iba.

Aunque este año me había dado cuenta de que las cosas eran diferentes. Una grandísima parte de mi quería marcharse cuanto antes, cambiar de aires, ver caras nuevas. Está claro que un mes y medio en una playa es de lo más relajante. Pero cuando me quedaba quieta y pensaba, una pequeña parte de mi tenía miedo de irse. Sabía que se perdería un montón de cosas. Tenía pánico de la vuelta. ¿Y si las cosas habían cambiado? Siempre tenía miedo a los cambios.

Sacudí la cabeza intentando enviar lo más lejos posible esos pensamientos, que me atormentaban desde hacia bastante tiempo.

Sabía que aquel verano prometía más que el anterior. Llevaba ventaja: este verano sabía con exactitud a que me enfrentaba en cada momento. Tenía claro que nadie más volvería a jugar conmigo y tenía claro que aprovecharia ese mes y medio, porque tenia claro que me lo merecía.

También sabía que no podría evitar quitarme de la cabeza a Will, o a Luz, Ashley y Julia ni siquiera a Max. Pero tendría que verlos algún día.


A la mañana siguiente las prisas agobiaban a mi madre. Con bastante alboroto metimos como pudimos todas las cosas en el pequeño maletero de nuestro viejo coche. Subí una última vez a mi casa y entré en mi habitación. La miré con melancolía, pues no sabía si ese mes y medio podría aumentar un poco más. Tampoco quería pensarlo.

Me puse mis cascos blancos y elegí cualquier canción para que me ambientara el camino. Con mis Rayban observé por última vez las desgastadas carreteras y las secas montañas.

Una lágrima cayó y mojó la pantalla de mi móvil, la abrí. La foto de él dándome un beso en la mejilla me hizo mostar una amplia sonrisa. Al cerrarlo observé como mi superhéroe miraba hacia delante.

Decidí hacer lo mismo.

jueves, 1 de julio de 2010

Paula


Paula tenía unos ojos verdes preciosos, un pelo rubio enroscado en el que podían perderse ejércitos y una cara de ángel que podía conseguir cualquier cosa. Paula tenía todo lo que una niña de 10 años podría necesitar, excepto una cosa: amigos.

Paula siempre había sido una niña muy solitaria, desde que iba a la guardería ningún niño de su edad se había acercado a ella ni un poco. Aunque una vez, tuvo una amiga. Andrea. Paula la recuerda de vez en cuando con melancolía, pues fue la única niña que compartió con ella algún momento de su vida, la única de la que recibió un abrazo. Pero de un día para otro Andrea desapareció y Paula no volvió a saber de ella. La pequeña Paula vagaba sola por su escuela, por las calles de su barrio. Todos sus compañeros aseguraban que era una chica rara y que no les inspiraba confianza. Sus padres pensaban que ella se portaba mal, pero en realidad nunca hacía nada malo. Podría decirse que Paula era la perfección personificada. Y por esa razón no entendía porque nadie se acercaba a ella.

Añoraba la compañía. El único contacto que mantenía era con su hermano mayor, Fernando. Pero él era frío con ella.

Todos los días, al volver de la escuela Paula se sentaba en su cama y se miraba en el espejo de su tocador preguntándose qué hacia mal y porqué le pasaba esto a ella. Estaba convencida de que niñas mucho peores que ella estaban rodeadas de gente. Después se tumbaba en su cama, se encogía y lloraba. Lloraba durante mucho tiempo, hasta que se quedaba dormida.


Esto la convertiría, con el tiempo, en lo que siempre odió.

miércoles, 30 de junio de 2010

Sol, agua y arena


El agua estaba muy fría, pero aún así a ninguno de los cuatro parecía importarnos. Desde la orilla, Pablo nos miraba envidioso. Sabía perfectamente que se había equivocado en su ideal del día, y se estaba decepcionando de que ninguno nos estuviéramos acordando de él. Aunque en realidad yo si lo hacia, pero muy de vez en cuando.

Nos habíamos cerrado en banda totalmente. Estaba claro que nosotras dos solo teníamos ojos para nuestros respectivos y, al parecer, ellos nos correspondían.
El juego era de esos típicos de playa, sin mucho sentido, cuyo fin, más bien era rozarse. Y nosotros sabíamos jugar muy bien.

La pelota iba de una pareja a otra y mientras unos se peleaban por ella los otros dos disfrutaban de una “intimidad momentánea”.

Cuando Ashley me pasaba la pelota, instantáneamente Will se abalanzaba sobre mi. Saltaba sobre mi espalda e intentaba por todos los medios que la soltara. Mientras tanto oía como mi amiga y su acompañante se reían mucho. Demasiado.

Estaba contenta por Ashley, sabía que en esos momentos ella lo estaba, soñaba con eso muchas veces, con tenerlo cerca y no tener que detenerse cuando quería tocarlo o gastarle alguna broma. Igual estaba yo.

Nosotras dos siempre habíamos sido bastante parecidas y sabía que ella tenía miedo, al igual que yo. Miedo de lo que aquellos gestos en una pequeña playa pudieran significar.
Pero en ese momento me daban igual las consecuencias, ambas habíamos aprendido a disfrutar y estaba convencida de que esa tonta sonrisa nos duraría un tiempo.
Al acabar de pensar todo aquello vi como Ashley se subía sobre James y a la vez como Will me agarraba por la espalda y me daba un suave beso en la mejilla.

viernes, 25 de junio de 2010

Enterrada


Cuando me desperté no sabía dónde me encontraba. Me envolvía la más completa oscuridad. Tanteé con las manos y descubrí, aterrorizada, que estaba dentro de una caja de madera. Olía a flores muertas…

Intenté recordar cómo había llegado hasta allí. En mi mente se reflejaba un rostro demasiado borroso para que fuese identificado, solo sabía que era un hombre. ¿Qué había hecho conmigo?

Di unos cuantos golpes en la tapadera que me cubría la cabeza, sonaba a hueco y la madera estaba caliente, supuse que sería de día. Moví mi mano derecha con cuidado, intentando encontrar algo. Nada. Probé suerte con la izquierda y estaba vez la tuve: una linterna. Intenté encenderla lo más rápido posible, pues me estaba acordando de mi claustrofobia.

Estaba sudando muchísimo, ahí dentro hacía un calor tremendo. Ya era consciente de que me había “enterrado” aunque según mis suposiciones estaba en la superficie. Mientras pensaba me di cuenta de que me faltaba el aire. Mierda, tenia que buscar alguna solución. Enfoqué todo el lugar con la linterna, llevaba mi pantalón corto y mis tenis Nike, no recordaba cuando me los había puesto, asique seguía desorientada. De repente encontré algo que no me gustó, al lado de mi cabeza había una pistola. Mi respiración se entrecortó. Después vi algo más: junto a la pistola una nota. “Úsala”.

-Perfecto.

Hacia la final


Estaba sudando la gota gorda. El partido acababa en 10 segundos e íbamos perdiendo de uno. Me pasé la mano por la frente mientras la entrenadora repartía las últimas indicaciones para poder clasificarnos hacia la final. Notaba como los pantalones cortos me apretaban, aunque en realidad faltaba poco para que se me cayeran. Eché un vistazo a la grada: estaba repleta, y allí estaban ellos, todos menos él. Mejor, odiaba que fuera a verme jugar al baloncesto.

Juraría que Amaia estaba más nerviosa que yo, incluso que las diez chicas juntas que formábamos el equipo. Se jugaba su puesto de entrenadora con ese partido y después de todo el entusiasmo y esfuerzo que había puesto para que llegáramos hasta el final, perder ahora sería realmente una putada. Hablaba muy deprisa, confusa. Tanto ella como todas las chicas del equipo sabíamos que estábamos realmente jodidas. Sus últimas palabras antes de que acabara el tiempo muerto fueron:

-Buscar la falta en la botella.

Todas formamos un gran corro y con las cabezas juntas nos dimos palabras de ánimo.
Nuestra base marcó la jugada, aunque como siempre no le hicimos demasiado caso, incluso cuando estábamos con el agua al cuello no éramos capaces de trabajar según las indicaciones de Amaia, quizá ese era el problema.

Me situaba muy cerca de la canasta y vi como Andrea, que tenía el balón, me miraba para pasarme. Me puse en alerta y de repente estaba en el suelo, seguidamente el árbitro pitó. Falta. Miré el reloj: 2 segundos.

Por fin había hecho lo que Amaia había pedido, al mirarla ella me correspondía con ojos esperanzados. No, no podía ser, me estaba dando cuenta de la situación: yo tiraría los dos tiros libres que podrían colocarnos en la final. Comencé a sudar más y más. Miré a la grada, esperando que alguien pudiera sacarme de allí.

El árbitro rechoncho que nos había robado el partido me exigía que me diera prisa. Me coloqué al borde de la línea de tiro, di un par de botes, resoplé, apunté y tiré.
Canasta. Empate.
Aplausos. Y mi sonrisa.

No se porque pero volví a mirar a la grada, y entonces fue cuando lo vi. Will había venido y me miraba con una gran sonrisa. Me puse más nerviosa, mucho más. Sabía que aunque fallara no pasaría nada, podríamos ir a la prórroga. Pero algo en mi interior me decía que tenía que terminar ahí. Volví a repetir el proceso. Un par de botes, suspiros, apunté y tiré.

Canasta.
Y una sonrisa aún más grande que la mía me iluminaba desde la grada.

martes, 22 de junio de 2010

Adiós


Me levante contenta esa mañana, quizá sería porque era 25 de diciembre, pero de todas formas me extrañé: desde hacía meses no me levantaba con una sonrisa, eso me hizo recordar pero aun así seguía contenta, activa, enérgica.

Fui hacia el salón y me extrañé: mi padre, mi madre y mi hermano estaban sentados en el sofá, ese sofá verde que había aguantado tantas siestas, tantas peleas y tantas visitas. Todos tenían una cara realmente seria y en un primer momento me asusté, en realidad no sabía que sería peor que eso mi reacción.

-Siéntate, Alex, tenemos que hablar contigo-habló mi madre, con un tono demasiado serio, demasiado triste, diría yo. Me asusté más.
-Por muchas circunstancias que han venido de golpe hemos decidido algo que.. quizá no te guste en un principio pero que acabará encantándote. Es una idea genial-Esta vez habló mi padre y parecía que le hablaba a una niña de 10 años.
-¿Qué pasa?-Contesté muy seria, realmente seria, pero sobre todo estaba enfadada.

Mis padres me miraban, estaban convencidos que sería la que peor se tomara la maldita noticia que no se atrevían a decirme, estaba claro que no era tan buena, sino, no tendrían esas caras. Habló de nuevo mi padre, mi madre se limitó a seguir mirándome y mi hermano... nunca lo había visto así.

-Hemos decidido mudarnos. Lejos: a Barcelona.

Creo que la cara que se me quedó en ese momento es indescriptible. Pero peor fue lo que sentía por dentro. Miedo, tristeza, melancolía, odio. Estoy convencida de que en ese momento podía sentirlo todo a la vez.

Me lo explicaron: que si el trabajo, que si los estudios, que si el dinero. ¿Y yo qué? Pues yo nada.

¿De verdad tendría que despedirme de todo el mundo al que quería?¿De mis mejores amigos?
Ahora que de verdad los había encontrado ¿tendría que decirles un adiós definitivo?

Odiaba la distancia, y Barcelona.. estaba más lejos que cualquier otro sitio (por lo menos eso me pareció a mi).

sábado, 12 de junio de 2010

Ella es Elia


Dicen que el nombre de Elia tiene una naturaleza emotiva y activa, y eso es lo que ella es. Su pelo castaño es corto, rizado o liso, pero siempre perfecto. Su flequillo hacia el lado derecho de su cara redonda le da ese toque de estilo que a muchas les falta. Sus ojos son de un pardo oscuro, de esos que muchas veces hipnotizan. Pero lo que de verdad me gusta de Elia es su sonrisa sincera y su necesidad de cariño, porque se lo das sin esfuerzo y ella te devuelve un fuerte abrazo.

Muchas veces le digo que no tiene vergüenza, y es que es de las personas más extrovertidas que conozco. Aunque en el fondo algo tiene que tener. Ella tiene miedo, miedo de separarse de sus amigas de toda la vida. Se hacen mayores y, tarde o temprano, cada una cogerá un camino. Pero ella no sabe que nunca las perderá, porque siempre las tendrá guardadas en su corazón.

Es muy indecisa y ahora mismo, probablemente, esté decidiendo su futuro. Estará pensando si se ve mejor con una bata blanca de doctor con alguna que otra mancha, o rodeada de reglas, escuadras y cartabones. Yo le digo que se mire con los ojos que se quiera mirar hoy, sin pensar en el mañana, y aunque se que al final hará lo que quiera, tengo seguro de que tendrá mi aportación en cuenta.

Es una base perfecta para una gran figura. Y se que siempre estará de apoyo para cuando pueda llegar a caerme.

Tiene muchos miedos, sobre todo con ella misma, con su cuerpo, con su cara, incluso con su personalidad, que es lo mejor que tiene. Pero en realidad no sabe que es perfecta. Y esque es todo color.
Se que puedo confiar en ella y eso es lo que más me gusta de nuestra relación.

Y le doy las gracias por abrazarme todas esas veces. Y por conocerme muy bien, incluso más que yo misma.

jueves, 10 de junio de 2010

Miedo no, terror.


Alex se encontraba tirada en su cama, mirando al techo, como siempre que estaba más o menos deprimida. En realidad no sabía muy bien que significaba esa palabra, pero si tenía claro que se sentía mal, perdida incluso.

No sabía muy bien que pensar, muchísimas preguntas sin respuesta rondaban por su cabeza sin orden, bailando de un lado para otro sin consideración.
El tiempo había pasado, si.. pero aún recuerda como hace unos meses lo tenía todo y ahora.. ahora también, pero no le convencía.

Demasiado exigente quizás, pero es lo que le hacía sentirse bien, sentirse ella.


Recuerda como cada día después de comer recibía las llamadas de Luz. No se decían nada, pero a la vez, se lo decían todo. Se reían y no se dejaban nada, las primeras, siempre. En aquel tiempo Alex pensaba que todo aquello era increíble, habían cogido demasiada confianza y demasiado pronto. Mientras recuerda todo esto se ríe al rememorar cuando pensaba que no debía fiarse de ella demasiado.


También recuerda las tardes interminables pegada al ordenador, esperando siempre a la misma persona. Un día y otro, y otro más, y asi, durante mucho tiempo. Era lo que la hacía sentir feliz. Nunca pudo imaginar que tendría una amistad como aquella. Nunca pudo imaginar que una persona le pudiera complementar tanto. Y aun se asombra.


Sigue recordando tiempos pasados, salidas, llamadas, risas, llantos, abrazos, miradas cómplices. Y sigue preguntándose como es posible que las cosas se vayan disminuyendo tanto y para ella, demasiado rápido.


Sabe que no está sola. Sabe que tiene a las mejores personas del mundo y sabe que la quieren. Pero no puede evitar que una lágrima se escape cada vez que ellos no se saludan por una ventana de ordenador o, cada vez, que quiere recibir una llamada y nunca llega. Porque antes podía saber que estaba pensando cada uno y porque ahora, no es tan fácil. Ahora tiene terror a perderlos de verdad.


Sabe que los tiene, pero también sabe que los echa mucho de menos y que los quiere, sobre todo que los quiere.

miércoles, 9 de junio de 2010

Último día de feria

Inesperadamente, de un círculo de gente alguien salía disparado hacia mí. Era él, la persona que había estado esperando toda la tarde: mi mitad izquierda. “Por fin”, pensé. Me abrazó con fuerza sin mediar palabra. Se lo habían contado, lo único que podía hacer ahora era aprovechar ese momento. Hice el amago de empezar a llorar, él me lo impidió. “Ni se te ocurra”, me susurró aun abrazados.

domingo, 6 de junio de 2010


El silencio se hizo insoportable. Lo miraba fijamente esperando a que comenzara. Cuando se decidió a decir las primeras palabras ya ni sabía donde me encontraba.

-Lo siento-dijo agachando la cabeza y al ver que mi expresión ahora era de sorpresa continuó, sin dejarme formular la pregunta que se leía en mi rostro- siento haber sido un crío desde el primer momento que comenzó todo esto. Siento haberte hecho daño sin querer, siento que hayas derramado lágrimas por mi. No las merezco.

Mientras recitaba todo aquello, que parecía ensayado, escuchaba con atención, sin mirarlo. Estuve tanto tiempo esperando aquello que parecía un sueño. No podía creer que estuviera haciendo aquello que él tanto odiaba. Mientras mis ojos se inundaban pude pronunciar algo que siempre quise decirle:

-No tienes que pedirme perdón por nada. Siempre te perdono, quiera o no, inconscientemente. No puedo permitirme el lujo de perderte. Tú lo eres todo, siempre lo has sido y siempre lo serás. Puede pasar todo el tiempo del mundo, tú continuamente serás lo que más necesite y si te vas, seguiré esperando a que vuelvas.

Sonrió, de forma que a mi parecer era de alivio. Me secó las lágrimas y automáticamente nos abrazamos. Creo que fue el abrazo más sincero que ambos pudimos darnos en todo aquel tiempo. Por fin las cosas parecían estar en su lugar.



Que pena que justo después sonara mi despertador.

sábado, 5 de junio de 2010

Nada.

"No te echo de menos."
Esas palabras sonaban dentro de mi como si de un mazo se tratara. ¿Me estaba pasando de verdad? Él que lo era TODO para mi, ¿de verdad me estaba diciendo aquello?
Que ya no me necesitaba, que ya no pensaba en mi como antes, que la magia se había esfumado.
Es increíble como se puede depender tanto de una persona. Es increíble como se puede morir y resucitar en apenas dos semanas.

Porque así fue como pasó.

Me sentía como una rama rompiéndose poco a poco, resquebrajándose. Me sentía vacía y, esque, tenía claro, que no se puede vivir con medio corazón.

Pude avanzar un paso por ella, Luz me guiaba y era la única capaz de sacarme una ligera sonrisa. Me miraba fijamente a los ojos con los suyos a veces marrones a veces verdes y me decía lo que quería escuchar. Tenía claro que era mi mejor amiga y no desde ese momento, sino desde bastante antes. Como ella dice "estabamos destinadas a conocernos." Y me alegro que un ataque de su locura se desatara aquel martes unos meses atrás. No se que hubiera hecho sin ella.

Llorar era un hábito diario, incluso en las clases no me podía resistir. Creia que era fuerte.
Exacto: lo CREIA, pero como siempre en este tema todo me podía.

El mejor amigo, mi mejor amigo, mi todo. Se había ido y mi vida se había ido con él.

El principio de los tiempos.

Es raro y difícil de creer, pero antes de aquella noche no recuerdo nada de mi vida.
Quizá fue porque todo cambió, porque maduré o porque, simplemente, quise olvidar.
En aquel momento, sentada en aquella silla de duro mimbre no pude imaginar todo lo que depararían todas las decisiones tomadas a lo largo de la tarde, hasta parar alli, en aquella
pizzeria del centro de la ciudad.

Cogi mi rebeca rosa un poco desgastada y me sequé el pelo rápidamente.
Atravesé todas esas calles a una velocidad de vértigo, nunca quería llegar tarde, lo odiaba.
Las saludé y fuimos a aquel lugar que un tiempo después se convertiría en un simple recuerdo cargado de sonrisa e ilusión.


Reiamos y hablabamos sin parar, como siempre. Y que buen momento para ver entrar por la puerta al color negro que sería capaz de llenar mi vida o de vaciarla. Aunque claro, en ese momento solo podía fijarme en él.

Quizá fue demasiado rápido, quizá no. Quizá era demasiado pequeña y el demasiado mayor. Quizá nunca debí entrar en aquel lugar o, simplemente, fijarme en la persona equivocada.
¿Equivocada?
NO.
Gracias a esa persona giro alrededor de las mejores personas que he conocido en mi vida.

Y ahora ese color
negro
también forma parte de mi mundo, al igual que todos.