miércoles, 30 de junio de 2010

Sol, agua y arena


El agua estaba muy fría, pero aún así a ninguno de los cuatro parecía importarnos. Desde la orilla, Pablo nos miraba envidioso. Sabía perfectamente que se había equivocado en su ideal del día, y se estaba decepcionando de que ninguno nos estuviéramos acordando de él. Aunque en realidad yo si lo hacia, pero muy de vez en cuando.

Nos habíamos cerrado en banda totalmente. Estaba claro que nosotras dos solo teníamos ojos para nuestros respectivos y, al parecer, ellos nos correspondían.
El juego era de esos típicos de playa, sin mucho sentido, cuyo fin, más bien era rozarse. Y nosotros sabíamos jugar muy bien.

La pelota iba de una pareja a otra y mientras unos se peleaban por ella los otros dos disfrutaban de una “intimidad momentánea”.

Cuando Ashley me pasaba la pelota, instantáneamente Will se abalanzaba sobre mi. Saltaba sobre mi espalda e intentaba por todos los medios que la soltara. Mientras tanto oía como mi amiga y su acompañante se reían mucho. Demasiado.

Estaba contenta por Ashley, sabía que en esos momentos ella lo estaba, soñaba con eso muchas veces, con tenerlo cerca y no tener que detenerse cuando quería tocarlo o gastarle alguna broma. Igual estaba yo.

Nosotras dos siempre habíamos sido bastante parecidas y sabía que ella tenía miedo, al igual que yo. Miedo de lo que aquellos gestos en una pequeña playa pudieran significar.
Pero en ese momento me daban igual las consecuencias, ambas habíamos aprendido a disfrutar y estaba convencida de que esa tonta sonrisa nos duraría un tiempo.
Al acabar de pensar todo aquello vi como Ashley se subía sobre James y a la vez como Will me agarraba por la espalda y me daba un suave beso en la mejilla.

viernes, 25 de junio de 2010

Enterrada


Cuando me desperté no sabía dónde me encontraba. Me envolvía la más completa oscuridad. Tanteé con las manos y descubrí, aterrorizada, que estaba dentro de una caja de madera. Olía a flores muertas…

Intenté recordar cómo había llegado hasta allí. En mi mente se reflejaba un rostro demasiado borroso para que fuese identificado, solo sabía que era un hombre. ¿Qué había hecho conmigo?

Di unos cuantos golpes en la tapadera que me cubría la cabeza, sonaba a hueco y la madera estaba caliente, supuse que sería de día. Moví mi mano derecha con cuidado, intentando encontrar algo. Nada. Probé suerte con la izquierda y estaba vez la tuve: una linterna. Intenté encenderla lo más rápido posible, pues me estaba acordando de mi claustrofobia.

Estaba sudando muchísimo, ahí dentro hacía un calor tremendo. Ya era consciente de que me había “enterrado” aunque según mis suposiciones estaba en la superficie. Mientras pensaba me di cuenta de que me faltaba el aire. Mierda, tenia que buscar alguna solución. Enfoqué todo el lugar con la linterna, llevaba mi pantalón corto y mis tenis Nike, no recordaba cuando me los había puesto, asique seguía desorientada. De repente encontré algo que no me gustó, al lado de mi cabeza había una pistola. Mi respiración se entrecortó. Después vi algo más: junto a la pistola una nota. “Úsala”.

-Perfecto.

Hacia la final


Estaba sudando la gota gorda. El partido acababa en 10 segundos e íbamos perdiendo de uno. Me pasé la mano por la frente mientras la entrenadora repartía las últimas indicaciones para poder clasificarnos hacia la final. Notaba como los pantalones cortos me apretaban, aunque en realidad faltaba poco para que se me cayeran. Eché un vistazo a la grada: estaba repleta, y allí estaban ellos, todos menos él. Mejor, odiaba que fuera a verme jugar al baloncesto.

Juraría que Amaia estaba más nerviosa que yo, incluso que las diez chicas juntas que formábamos el equipo. Se jugaba su puesto de entrenadora con ese partido y después de todo el entusiasmo y esfuerzo que había puesto para que llegáramos hasta el final, perder ahora sería realmente una putada. Hablaba muy deprisa, confusa. Tanto ella como todas las chicas del equipo sabíamos que estábamos realmente jodidas. Sus últimas palabras antes de que acabara el tiempo muerto fueron:

-Buscar la falta en la botella.

Todas formamos un gran corro y con las cabezas juntas nos dimos palabras de ánimo.
Nuestra base marcó la jugada, aunque como siempre no le hicimos demasiado caso, incluso cuando estábamos con el agua al cuello no éramos capaces de trabajar según las indicaciones de Amaia, quizá ese era el problema.

Me situaba muy cerca de la canasta y vi como Andrea, que tenía el balón, me miraba para pasarme. Me puse en alerta y de repente estaba en el suelo, seguidamente el árbitro pitó. Falta. Miré el reloj: 2 segundos.

Por fin había hecho lo que Amaia había pedido, al mirarla ella me correspondía con ojos esperanzados. No, no podía ser, me estaba dando cuenta de la situación: yo tiraría los dos tiros libres que podrían colocarnos en la final. Comencé a sudar más y más. Miré a la grada, esperando que alguien pudiera sacarme de allí.

El árbitro rechoncho que nos había robado el partido me exigía que me diera prisa. Me coloqué al borde de la línea de tiro, di un par de botes, resoplé, apunté y tiré.
Canasta. Empate.
Aplausos. Y mi sonrisa.

No se porque pero volví a mirar a la grada, y entonces fue cuando lo vi. Will había venido y me miraba con una gran sonrisa. Me puse más nerviosa, mucho más. Sabía que aunque fallara no pasaría nada, podríamos ir a la prórroga. Pero algo en mi interior me decía que tenía que terminar ahí. Volví a repetir el proceso. Un par de botes, suspiros, apunté y tiré.

Canasta.
Y una sonrisa aún más grande que la mía me iluminaba desde la grada.

martes, 22 de junio de 2010

Adiós


Me levante contenta esa mañana, quizá sería porque era 25 de diciembre, pero de todas formas me extrañé: desde hacía meses no me levantaba con una sonrisa, eso me hizo recordar pero aun así seguía contenta, activa, enérgica.

Fui hacia el salón y me extrañé: mi padre, mi madre y mi hermano estaban sentados en el sofá, ese sofá verde que había aguantado tantas siestas, tantas peleas y tantas visitas. Todos tenían una cara realmente seria y en un primer momento me asusté, en realidad no sabía que sería peor que eso mi reacción.

-Siéntate, Alex, tenemos que hablar contigo-habló mi madre, con un tono demasiado serio, demasiado triste, diría yo. Me asusté más.
-Por muchas circunstancias que han venido de golpe hemos decidido algo que.. quizá no te guste en un principio pero que acabará encantándote. Es una idea genial-Esta vez habló mi padre y parecía que le hablaba a una niña de 10 años.
-¿Qué pasa?-Contesté muy seria, realmente seria, pero sobre todo estaba enfadada.

Mis padres me miraban, estaban convencidos que sería la que peor se tomara la maldita noticia que no se atrevían a decirme, estaba claro que no era tan buena, sino, no tendrían esas caras. Habló de nuevo mi padre, mi madre se limitó a seguir mirándome y mi hermano... nunca lo había visto así.

-Hemos decidido mudarnos. Lejos: a Barcelona.

Creo que la cara que se me quedó en ese momento es indescriptible. Pero peor fue lo que sentía por dentro. Miedo, tristeza, melancolía, odio. Estoy convencida de que en ese momento podía sentirlo todo a la vez.

Me lo explicaron: que si el trabajo, que si los estudios, que si el dinero. ¿Y yo qué? Pues yo nada.

¿De verdad tendría que despedirme de todo el mundo al que quería?¿De mis mejores amigos?
Ahora que de verdad los había encontrado ¿tendría que decirles un adiós definitivo?

Odiaba la distancia, y Barcelona.. estaba más lejos que cualquier otro sitio (por lo menos eso me pareció a mi).

sábado, 12 de junio de 2010

Ella es Elia


Dicen que el nombre de Elia tiene una naturaleza emotiva y activa, y eso es lo que ella es. Su pelo castaño es corto, rizado o liso, pero siempre perfecto. Su flequillo hacia el lado derecho de su cara redonda le da ese toque de estilo que a muchas les falta. Sus ojos son de un pardo oscuro, de esos que muchas veces hipnotizan. Pero lo que de verdad me gusta de Elia es su sonrisa sincera y su necesidad de cariño, porque se lo das sin esfuerzo y ella te devuelve un fuerte abrazo.

Muchas veces le digo que no tiene vergüenza, y es que es de las personas más extrovertidas que conozco. Aunque en el fondo algo tiene que tener. Ella tiene miedo, miedo de separarse de sus amigas de toda la vida. Se hacen mayores y, tarde o temprano, cada una cogerá un camino. Pero ella no sabe que nunca las perderá, porque siempre las tendrá guardadas en su corazón.

Es muy indecisa y ahora mismo, probablemente, esté decidiendo su futuro. Estará pensando si se ve mejor con una bata blanca de doctor con alguna que otra mancha, o rodeada de reglas, escuadras y cartabones. Yo le digo que se mire con los ojos que se quiera mirar hoy, sin pensar en el mañana, y aunque se que al final hará lo que quiera, tengo seguro de que tendrá mi aportación en cuenta.

Es una base perfecta para una gran figura. Y se que siempre estará de apoyo para cuando pueda llegar a caerme.

Tiene muchos miedos, sobre todo con ella misma, con su cuerpo, con su cara, incluso con su personalidad, que es lo mejor que tiene. Pero en realidad no sabe que es perfecta. Y esque es todo color.
Se que puedo confiar en ella y eso es lo que más me gusta de nuestra relación.

Y le doy las gracias por abrazarme todas esas veces. Y por conocerme muy bien, incluso más que yo misma.

jueves, 10 de junio de 2010

Miedo no, terror.


Alex se encontraba tirada en su cama, mirando al techo, como siempre que estaba más o menos deprimida. En realidad no sabía muy bien que significaba esa palabra, pero si tenía claro que se sentía mal, perdida incluso.

No sabía muy bien que pensar, muchísimas preguntas sin respuesta rondaban por su cabeza sin orden, bailando de un lado para otro sin consideración.
El tiempo había pasado, si.. pero aún recuerda como hace unos meses lo tenía todo y ahora.. ahora también, pero no le convencía.

Demasiado exigente quizás, pero es lo que le hacía sentirse bien, sentirse ella.


Recuerda como cada día después de comer recibía las llamadas de Luz. No se decían nada, pero a la vez, se lo decían todo. Se reían y no se dejaban nada, las primeras, siempre. En aquel tiempo Alex pensaba que todo aquello era increíble, habían cogido demasiada confianza y demasiado pronto. Mientras recuerda todo esto se ríe al rememorar cuando pensaba que no debía fiarse de ella demasiado.


También recuerda las tardes interminables pegada al ordenador, esperando siempre a la misma persona. Un día y otro, y otro más, y asi, durante mucho tiempo. Era lo que la hacía sentir feliz. Nunca pudo imaginar que tendría una amistad como aquella. Nunca pudo imaginar que una persona le pudiera complementar tanto. Y aun se asombra.


Sigue recordando tiempos pasados, salidas, llamadas, risas, llantos, abrazos, miradas cómplices. Y sigue preguntándose como es posible que las cosas se vayan disminuyendo tanto y para ella, demasiado rápido.


Sabe que no está sola. Sabe que tiene a las mejores personas del mundo y sabe que la quieren. Pero no puede evitar que una lágrima se escape cada vez que ellos no se saludan por una ventana de ordenador o, cada vez, que quiere recibir una llamada y nunca llega. Porque antes podía saber que estaba pensando cada uno y porque ahora, no es tan fácil. Ahora tiene terror a perderlos de verdad.


Sabe que los tiene, pero también sabe que los echa mucho de menos y que los quiere, sobre todo que los quiere.

miércoles, 9 de junio de 2010

Último día de feria

Inesperadamente, de un círculo de gente alguien salía disparado hacia mí. Era él, la persona que había estado esperando toda la tarde: mi mitad izquierda. “Por fin”, pensé. Me abrazó con fuerza sin mediar palabra. Se lo habían contado, lo único que podía hacer ahora era aprovechar ese momento. Hice el amago de empezar a llorar, él me lo impidió. “Ni se te ocurra”, me susurró aun abrazados.

domingo, 6 de junio de 2010


El silencio se hizo insoportable. Lo miraba fijamente esperando a que comenzara. Cuando se decidió a decir las primeras palabras ya ni sabía donde me encontraba.

-Lo siento-dijo agachando la cabeza y al ver que mi expresión ahora era de sorpresa continuó, sin dejarme formular la pregunta que se leía en mi rostro- siento haber sido un crío desde el primer momento que comenzó todo esto. Siento haberte hecho daño sin querer, siento que hayas derramado lágrimas por mi. No las merezco.

Mientras recitaba todo aquello, que parecía ensayado, escuchaba con atención, sin mirarlo. Estuve tanto tiempo esperando aquello que parecía un sueño. No podía creer que estuviera haciendo aquello que él tanto odiaba. Mientras mis ojos se inundaban pude pronunciar algo que siempre quise decirle:

-No tienes que pedirme perdón por nada. Siempre te perdono, quiera o no, inconscientemente. No puedo permitirme el lujo de perderte. Tú lo eres todo, siempre lo has sido y siempre lo serás. Puede pasar todo el tiempo del mundo, tú continuamente serás lo que más necesite y si te vas, seguiré esperando a que vuelvas.

Sonrió, de forma que a mi parecer era de alivio. Me secó las lágrimas y automáticamente nos abrazamos. Creo que fue el abrazo más sincero que ambos pudimos darnos en todo aquel tiempo. Por fin las cosas parecían estar en su lugar.



Que pena que justo después sonara mi despertador.

sábado, 5 de junio de 2010

Nada.

"No te echo de menos."
Esas palabras sonaban dentro de mi como si de un mazo se tratara. ¿Me estaba pasando de verdad? Él que lo era TODO para mi, ¿de verdad me estaba diciendo aquello?
Que ya no me necesitaba, que ya no pensaba en mi como antes, que la magia se había esfumado.
Es increíble como se puede depender tanto de una persona. Es increíble como se puede morir y resucitar en apenas dos semanas.

Porque así fue como pasó.

Me sentía como una rama rompiéndose poco a poco, resquebrajándose. Me sentía vacía y, esque, tenía claro, que no se puede vivir con medio corazón.

Pude avanzar un paso por ella, Luz me guiaba y era la única capaz de sacarme una ligera sonrisa. Me miraba fijamente a los ojos con los suyos a veces marrones a veces verdes y me decía lo que quería escuchar. Tenía claro que era mi mejor amiga y no desde ese momento, sino desde bastante antes. Como ella dice "estabamos destinadas a conocernos." Y me alegro que un ataque de su locura se desatara aquel martes unos meses atrás. No se que hubiera hecho sin ella.

Llorar era un hábito diario, incluso en las clases no me podía resistir. Creia que era fuerte.
Exacto: lo CREIA, pero como siempre en este tema todo me podía.

El mejor amigo, mi mejor amigo, mi todo. Se había ido y mi vida se había ido con él.

El principio de los tiempos.

Es raro y difícil de creer, pero antes de aquella noche no recuerdo nada de mi vida.
Quizá fue porque todo cambió, porque maduré o porque, simplemente, quise olvidar.
En aquel momento, sentada en aquella silla de duro mimbre no pude imaginar todo lo que depararían todas las decisiones tomadas a lo largo de la tarde, hasta parar alli, en aquella
pizzeria del centro de la ciudad.

Cogi mi rebeca rosa un poco desgastada y me sequé el pelo rápidamente.
Atravesé todas esas calles a una velocidad de vértigo, nunca quería llegar tarde, lo odiaba.
Las saludé y fuimos a aquel lugar que un tiempo después se convertiría en un simple recuerdo cargado de sonrisa e ilusión.


Reiamos y hablabamos sin parar, como siempre. Y que buen momento para ver entrar por la puerta al color negro que sería capaz de llenar mi vida o de vaciarla. Aunque claro, en ese momento solo podía fijarme en él.

Quizá fue demasiado rápido, quizá no. Quizá era demasiado pequeña y el demasiado mayor. Quizá nunca debí entrar en aquel lugar o, simplemente, fijarme en la persona equivocada.
¿Equivocada?
NO.
Gracias a esa persona giro alrededor de las mejores personas que he conocido en mi vida.

Y ahora ese color
negro
también forma parte de mi mundo, al igual que todos.