martes, 8 de marzo de 2011

Basado en hechos reales

Una vez más fui yo la que terminó la discusión y me fui con un desmesurado aire de superioridad, como si nada de aquello me importara, como si fuera una dura roca que ni el más puro diamante es capaz de arañar. Con el paso ligero

pero fuerte, para salir de allí lo antes posible, antes de que me arrepintiera de todas las palabras que habían salido de mi boca.

Pero como era de esperar, él vino detrás de mí y, agarrándome por el brazo con fuerza, me hizo darme la vuelta.

-¡No hemos terminado de hablar! Explícame: ¿por qué me tratas tan mal?

-¡Porque me has jodido la vida! ¡Porque me has hecho la putada más grande que en la vida me han hecho! ¡Porque me has destrozado! ¡Porque me has dejado en ridículo! ¡Porque has jugado conmigo! ¿Quieres más razones? ¿De verdad no sabes porque te trato tan mal? ¿Cómo te sigues atreviendo a mirarme a la cara, a dirigirme la palabra? Deberías pasar a mi lado con la cabeza agachada, ¡avergonzado! Pero no, eres tan descarado que te da igual, ¿verdad? ¡Olvídame de una vez! Solo sabes hacerme daño.

Y con las últimas palabras toda mi dureza desapareció, con una lágrima salida del ojo izquierdo. Dicen que de ahí aparecen las que salen directamente del corazón, las más tristes y las más sinceras.

-Si, debería hacer todo eso, tienes toda la razón. Soy consciente de todo lo que he hecho y no hay día que no me arrepienta…

-Eso ya no sirve…

-¿Seguro?

No sabía muy bien a donde quería llegar y, al parecer se dio cuenta.

-Quiero decir que se que mereces la pena. Se que eres capaz de perdonar lo imperdonable, pero no de olvidar completamente. Y tengo la vaga esperanza de que tú y yo podríamos empezar de cero. Bueno, de cero no, pero si con un tiempo en blanco entre nosotros.

-Nunca.

-¿Y sabes por qué tengo esa vaga esperanza?

-Sorpréndeme.

-Pues que me has maltratado psicológicamente todos estos días, incluso cuando no nos hemos visto, pero no me has dicho aún que me odias…

-Te odio.

Me di la vuelta y eché a andar, esta vez más enfadada. Había dañado mi orgullo, otra vez. Eso ya era demasiado. Antes de doblar la esquina pude escucharlo decir:

-¡¡¡Intentaré recuperarte, sea como sea!!!

“Qué imbécil” Pensé. Lástima, tiempo después, la imbécil sería yo.

Otra vez.

1 comentario:

  1. No creo que ninguno de los dos sea un imbécil. Pero no me adelantaré a acontecimientos, esperaré a ver cómo sigue ;)

    Un beso enormecico!

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