lunes, 31 de enero de 2011

Pista 13.

La lista de reproducción era más o menos larga, pero siempre que tenía que hacer un camino de esa magnitud avanzaba hasta aquel número supuestamente maldito. A partir de ahí, las canciones me hacían andar con más alegría. El azar había hecho que las letrillas más animadas quedaran agrupadas, una detrás de otra.

No me gustaba mucho andar y menos si eran distancias largas, aunque ese camino (que últimamente recorría a menudo) me estaba empezando a gustar cada vez más. El destino lo merecía, pero además de eso, andaba por mi zona favorita de la ciudad. Aquel laberinto de arena cobriza no me dejaba de parecer hermoso en ninguna época del año. Tanto en verano como en invierno, en otoño o en primavera tenía aquel encanto especial que hacía que aminorara el ritmo cada vez que atravesaba sus largos pasajes.

Me paré en el semáforo, justo cuando empezó a reproducirse la pista 17, una canción bastante optimista. Miré al horizonte y, entre los árboles, pude divisarlo a él, como no, con un balón de aquellos en las manos. Pocas cosas había que le gustaran más que eso y me fascinaba que fuera así.

Avancé hasta llegar hasta ellos. Si, pude ver a la pequeña rubia uniéndose al deporte. Me encantaba esa niña. Me sonrió tímida, como siempre hacia al verme por primera vez; pero poco tardaba en tomar confianza. Me invitó a jugara con ella y era imposible resistirse. Me arrastró hasta una zona del parque, obligándome a subir, a avanzar, a escalar y a deslizarme como si de verdad volviera a tener cuatro años. Desde las alturas lo observaba, y me alegraba al ver que él también nos miraba a nosotras, aunque fuera de reojo. Me encantó poder ser yo quien la empujara en su bicicleta rosa por una gran cuesta o la que evitara alguna que otra caída.

No pudimos hacer nada contra el tiempo y se nos echó encima. Quizá era hora de volver a tomar el camino, pero no antes de perdernos un ratillo. No fue muy complicado, claro. Últimamente necesitábamos muy poco para ello y, tal vez por eso, siempre eran más difíciles las despedidas.

Me sorprendí a mi misma al sentir la necesidad de notar esas manos frías acariciando mi espalda.


No he tenido oportunidad de pasarme por aquí antes. He estado, digamos, un poco ocupada. Espero tener tiempo para poder seguir dedicándome a escribir más a menudo.

jueves, 6 de enero de 2011


-¡Como no corras un poco más te alcanzaré enseguida y esto no tendrá ninguna gracia!

El sol hacia total justicia al día en el que nos encontrábamos. El pleno mes de agosto nos había traído consigo un calor asfixiante y un agua totalmente cristalina. Además, junto con todo esto, la compañía de Jack hacía del día algo mucho más especial.

Como era de esperar, acabó alcanzándome y, de la forma más suave posible, me empujó al grupo de toallas que habíamos podido organizar en el centro de aquella playa.

-¡Ay! Eres un bruto, me has hecho daño- intenté mostrarme enfadada- ¡No me toques en lo que queda de día!

No pude evitar soltar una carcajada (ambos sabíamos que eso no pasaría nunca) y me besó.

Espera, ¿me estaba besando? ¿a plena luz del día? ¡Increíble! Ah si, se me olvidó por un momento: estábamos totalmente solos. Si, toda una playa para nosotros, lo habíamos organizado muy bien.

-¿Por qué no puedes comportarte así delante de los demás?
-¿Y por qué debería hacerlo?
-Porque… porque no tiene nada de malo, además si estamos juntos quiero que todo el mundo se entere y cuando digo todo, es todo.
-Ya hemos tenido esta conversación más veces… no te convences con nada, ¿eh?. Además, ¿crees que habrá alguien que aún no lo sepa?
-Pues… pues no se, no todo el mundo es tan observador como tu crees.
-¡Venga ya! No digas tonterías… sabes que llevo razón, como siempre.
-Odio que me digas eso.
-Lo se, pero lo que me quieres lo compensa.
-Si, es cierto.

Sonreí. No podía hacer nada contra aquel chico. No se que tenía, no se que hizo que me fijara en él. Y aún no lo se. Pero seguiré admirando su forma de convencer, de engañar…
… y de querer.