domingo, 10 de octubre de 2010

Me ciega la luz de la habitación. Que bonito el día, nos despierta el sol. Miro a mi derecha y la veo: sigue en la misma posición, mis sábanas blancas caen sobre su espalda semidesnuda subiendo en la pequeña curva de su cintura. Es increíble lo que pueden hacer las fans por acostarse con un músico más o menos famoso. El beso que me da hace que recuerde el olor de su saliva en mi boca la noche anterior y sin pensarlo dos veces voy a adentrarme un poco más en su camisón.

Ella sabe lo que hay, maneja su rol. Mueve sus fichas a la perfección. Me acaricia y me dice que puede ir más allá. Podemos aguantar un poco más. Quizá después de desayunar quiera hacerlo en el ascensor. Quien sabe, la fama es así.

Poco recuerdo del concierto de esa noche, solo puedo rememorar música a todo volumen, palmas, chillidos, mucha gente, algún que otro cigarro prohibido y alguna que otra copa con varias mezclas también.

Tampoco recuerdo como la conocí a ella, quizá fue en el backstage, pero se lo que me gustó cuando la vi: su descaro, su libertad y, sobre todo, su cuerpo. No podía creerme que tuviera fans tan guapas y tan agradecidas.

Efectivamente, su desenfreno se desató en el ascensor, aunque dijo que después le gustaría repetir en el balcón. “Menuda mañanita”, pensé mientras me desabrochaba el pantalón. Todo iba muy bien, mejor de lo que cualquier hombre pudiera soñar. Demasiado ruido hicimos que aparecieron dos policías pidiéndonos la documentación.

-Parece mentira que abuse de su fama para saltarse las reglas. Esto es un delito. Acompáñenos.

No tenía remedio: no aprendía la lección, siempre me pasaba lo mismo. El dejarse llevar está bien de vez en cuando, pero todas las semanas terminaba en el calabozo.

Pasaron los días y volví a encontrarla, tan guapa como días atrás. Me paró, en medio de la calle.

-Basta de hablar.

Esas fueron sus últimas palabras antes de empujarme hacia un sucio portón. Que pena, que solo estuviera a escasos metros de la comisaría. Solo le dio tiempo a ponerse los tacones y una falda que parecía un cinturón. Yo, como siempre, con chaleco y gafas de sol. Nos fuimos rápido, fumándonos un cigarrito.

No se si la volvería a ver, pero estaba claro: ella tiene un don.

3 comentarios:

  1. He estado un rato por tu blog...Me ha gustado.

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  2. Totalmente de acuerdo: ella tiene un don ;)

    Un beso grande!

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  3. Me recuerda a una canción :)

    Me gustan las historias de estrellas desenfrenadas.

    besos de cristal.

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