
Corrió cuanto pudo por el largo pasillo de manises amarillos. La clase estaba a punto de empezar y no podía permitirse llegar tarde. Con sus libros y sus libretas entre los brazos atravesó a la multitud despreocupada que la rodeaba. Llegó al fin a su pasillo suspirando aliviada por la cercanía de su aula
e intentó esquivar el último círculo de gente, pero algo la hizo caer al suelo. Todo cuanto llevaba entre los brazos, incluidas sus gafas de pasta negras cayeron al suelo. El impacto hizo que el pelo se le alborotara y que se le encendieran las mejillas. Tanteó el suelo con cuidado, intentando encontrar sus lentes pero alguien se las tendió seguido de un millón de disculpas, al parecer, el culpable de su actual posición tan ridícula.
-Vaya, la chica más guapa de todo el instituto.
Se colocó las gafas lo más rápido que pudo, deseando que no fuera el dueño de la voz con el que se había chocado.
-¿Estás bien? Lo siento, iba distraído-le recogió los libros del suelo y, delicadamente, la ayudó a levantarse.
-No... no importa-se sonrojó más aún e intentó librarse de esa situación tan incómoda. No podía mirar a ese chico a los ojos. Era superior a ella.
-Espera. No puedo dejar de pensar en nuestra última conversación . Nunca antes me habías dicho todo eso.
-Lo se...
Se transportó por unos instantes una semana atrás, en aquella sala, de aquella casa, de aquella fiesta. Su amigo estaba enfadado, rabioso: nada le había salido como pensaba.
-¿Por qué no te tranquilizas? No es para tanto, esa tía no es nada del otro mundo, que lo sepas.
-Pues a mi me gusta.
-Lo que tú digas...
-¿Qué te pasa, estás celosa?- no podía creer que después de todo él siguiera haciéndose el gracioso.
-Imposible, no te emociones.
-¿Y por qué no?
-Porque eres un cabezota y un idiota muchas veces. Eres duro, borde, inexplicablemente variable y casi nunca muestras tus sentimientos. Eres exigente y demasiado sincero. Pero sobre todo, sobre todo, eres un orgulloso, el chico más orgulloso que jamás he conocido.
-Gracias, tú no eres perfecta que digamos...- ahora él estaba más cabizbajo que antes.
-Lo se, pero no me has dejado acabar. También eres maduro, inteligente y responsable. Dulce y, sinceramente, me has hecho pasar los mejores momentos de mi vida. Y si, podría estar celosa, de cualquiera que se quisiera arrimar a ti. Y no te das cuenta: tardarás mucho en encontrar a alguien que te acepte tal y como eres, con esos grandes defectos. Pero, ¿sabes qué? La solución está mucho más cerca de lo que piensas.
Se levantó y se fue. Al salir de la sala no se pudo creer todo lo que había dicho. ¿Y ahora qué?
-Querría retomar la conversación-esa frase la hizo volver a la realidad.
-Lo siento.
Y esquivó a su amigo, entrando en clase lo antes posible y cerrando la puerta detrás de ella. A pesar de todos los problemas, las ideas y los sentimientos, la clase de filosofía no iba a dejar de seguir su curso, por muy distraída que estuviera.