La niña tenía unos once años, su sonrisa era bonita, aunque un poco atrofiada por culpa de un diente que no había terminado de colocarse en su sitio. Sus ojos marrones casi negros trasmitían una seguridad de chica mayor. En aquel tiempo su pelo lacio y negro descansaba sobre sus hombros.
Su madre había considerado ese día que ya era mayor para poder pasear sola por la orilla de la playa, y después de que la niña estuviera insistiendo una y otra vez durante seis años su alegría fue máxima.
Atravesó sonriendo la pequeña cala que ambientaba ese pequeño pueblo donde vivía durante los dos meses de verano, mojándose los pies y de vez en cuando dando patadas al agua increíblemente limpia aquel día.
El sol brillaba con fuerza, parecía el día oportuno para que aquello pasara: todo era perfecto, un perfecto día de verano. Al terminar su paseo decidió ir al embarcadero y retrasar un poco más su llegada, aunque sabía que su madre ya estaba preocupada.
Su madre había considerado ese día que ya era mayor para poder pasear sola por la orilla de la playa, y después de que la niña estuviera insistiendo una y otra vez durante seis años su alegría fue máxima.

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El sol brillaba con fuerza, parecía el día oportuno para que aquello pasara: todo era perfecto, un perfecto día de verano. Al terminar su paseo decidió ir al embarcadero y retrasar un poco más su llegada, aunque sabía que su madre ya estaba preocupada.
Salió corriendo y se sentó en la última tabla, donde se paraban los barcos y balanceó sus largas piernas una y otra vez. Mientras, se miraba la pequeña cicatriz que marcaba su rodilla derecha.
Se levantó a los minutos y al llegar al final se tropezó con un chico por ir absorta mirando hacia el mar. El niño aparentaba una edad superior a la suya, pero no conseguía cifrarle una edad. Su pelo era pardo, liso, muy brillante y aparentemente suave (tiempo después descubriría que si lo era). Sus ojos increíblemente marrones la penetraron y no pudo articular palabra. A ella le pareció que a él le había pasado lo mismo. De su boca no salió nada, solo un: perdona, enana. Y su sonrisa la cautivó.
Tiempo después ese chico la haría infeliz y feliz , en el mismo sitio donde se cruzaron con once y trece años. Pero de una forma u otra, serían los momentos más inolvidables que ella viviría durante dos meses al año.
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Hola
ResponderEliminarMe llamo Claudia, soy administradora de un directorio web/blog. Tengo que decir que me ha gustado su página y le felicito por hacer un buen trabajo. Por ello, me encantaría contar con tu sitio en mi directorio, consiguiendo que mis visitantes entren también en su web.
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claudia.gonzalesc@hotmail.com
Y por culpa de ese diente, dices que la sonrisa de la niña está algo atrofiada? Yo lo considero un detalle de categoría! Es un algo que hace que la niña sea algo más especial de lo que ya es.
ResponderEliminarEsta historia promete :)
Un beso grande!