Paula tenía unos ojos verdes preciosos, un pelo rubio enroscado en el que podían perderse ejércitos y una cara de ángel que podía conseguir cualquier cosa. Paula tenía todo lo que una niña de 10 años podría necesitar, excepto una cosa: amigos.
Paula siempre había sido una niña muy solitaria, desde que iba a la guardería ningún niño de su edad se había acercado a ella ni un poco. Aunque una vez, tuvo una amiga. Andrea. Paula la recuerda de vez en cuando con melancolía, pues fue la única niña que compartió con ella algún momento de su vida, la única de la que recibió un abrazo. Pero de un día para otro Andrea desapareció y Paula no volvió a saber de ella. La pequeña Paula vagaba sola por su escuela, por las calles de su barrio. Todos sus compañeros aseguraban que era una chica rara y que no les inspiraba confianza. Sus padres pensaban que ella se portaba mal, pero en realidad nunca hacía nada malo. Podría decirse que Paula era la perfección personificada. Y por esa razón no entendía porque nadie se acercaba a ella.
Añoraba la compañía. El único contacto que mantenía era con su hermano mayor, Fernando. Pero él era frío con ella.
Todos los días, al volver de la escuela Paula se sentaba en su cama y se miraba en el espejo de su tocador preguntándose qué hacia mal y porqué le pasaba esto a ella. Estaba convencida de que niñas mucho peores que ella estaban rodeadas de gente. Después se tumbaba en su cama, se encogía y lloraba. Lloraba durante mucho tiempo, hasta que se quedaba dormida.
Paula siempre había sido una niña muy solitaria, desde que iba a la guardería ningún niño de su edad se había acercado a ella ni un poco. Aunque una vez, tuvo una amiga. Andrea. Paula la recuerda de vez en cuando con melancolía, pues fue la única niña que compartió con ella algún momento de su vida, la única de la que recibió un abrazo. Pero de un día para otro Andrea desapareció y Paula no volvió a saber de ella. La pequeña Paula vagaba sola por su escuela, por las calles de su barrio. Todos sus compañeros aseguraban que era una chica rara y que no les inspiraba confianza. Sus padres pensaban que ella se portaba mal, pero en realidad nunca hacía nada malo. Podría decirse que Paula era la perfección personificada. Y por esa razón no entendía porque nadie se acercaba a ella.
Añoraba la compañía. El único contacto que mantenía era con su hermano mayor, Fernando. Pero él era frío con ella.
Todos los días, al volver de la escuela Paula se sentaba en su cama y se miraba en el espejo de su tocador preguntándose qué hacia mal y porqué le pasaba esto a ella. Estaba convencida de que niñas mucho peores que ella estaban rodeadas de gente. Después se tumbaba en su cama, se encogía y lloraba. Lloraba durante mucho tiempo, hasta que se quedaba dormida.
Esto la convertiría, con el tiempo, en lo que siempre odió.
Menuda historia, Ricky!
ResponderEliminarEspero que continúe, me ha dejado mal sabor de boca el final.
Un beso enorme!
Pobre Paula :( los demás hicieron de ella una persona totalmente diferente a lo que era...
ResponderEliminarbesos de cristal