Deseaba salir de allí, alejarme de los trajes negros, del olor a
flores y de los "pobrecita". Subí al piso de arriba, a la habitación
que había, y seguía siendo, de mi abuela. Estaba todo como siempre: la cama
hecha a la perfección, sus cosas sobre la mesilla derecha, fotos de sus viajes
en un espejo y un jarrón con flores frescas encima de la mesilla izquierda.
Supuse que mamá las habría puesto allí esa mañana, antes de que llegaran todos.
Así lo hubiera querido ella.
Me senté sobre la cama, como tantas veces había hecho, pero esta
vez sola. Me puse a pensar y me di cuenta de lo unida que estaba a mi abuela.
Desde que nací, pensé. Toqué sus cosas con cautela, como con miedo de que
entrara por la puerta y me dijera "¡Andrea! ¿Cuántas veces te he dicho que
no entres a mi habitación sin permiso?" Luego reía y se sentaba
a mi lado a contarme cualquier historia. Qué tonta. Eso ya no volvería a
pasar.
Abrí el primer cajón de la mesilla izquierda, justo debajo de las
flores, y encontré un pequeño cofrecito. No tenía llave. Lo abrí despacio y
descubrí, junto con algunas fotos antiguas, unas cuantas cuartillas dobladas.
Reconocí su letra y, sin pensarlo, comencé a leer...
No se qué razón me ha hecho viajar de nuevo en el tiempo. En los
recuerdos. Y no se qué razón me ha obligado a plasmarlo todo en un papel. En
realidad, recuerdo muchísimas cosas de cuando era joven. Recuerdo a mis padres
y a mi hermano como si los tuviera delante. Nunca he necesitado ninguna
fotografía para recordar cada uno de sus rasgos. Me siento afortunada por vivir
durante tanto tiempo y tan lucidamente.
También recuerdo a mis amigos y a todas las personas que han
formado parte de mi vida. Claro, y aquí es cuando me sonrojo, también recuerdo
a mis novios. No han sido muchos pero, he de decir, que siempre he sabido
elegir bien, aunque en ese momento no me diera cuenta.
Pero sobre todo me acuerdo de él. Dicen que el primer amor nunca
se olvida. Y así es. Tampoco necesito mirar ninguna de sus fotos para acordarme
de su cara, aunque lo hago a menudo. Hubo un tiempo que me dio miedo que se me
olvidara. Era tan guapo...
Han habido otros hombres, otros tipos de amor, pero como aquel...
ninguno. Ahora caigo: quizá esa sea la razón que me ha hecho viajar en el
tiempo y, sobre todo, plasmarlo en un papel. Estoy obligada a contar nuestra
historia.
Nunca supe muy bien en qué momento aquel chico me dejó totalmente
enamorada. Quizá fue cuando noté las primeras mariposas en el estómago,
causadas por su primer beso. En la mejilla, eso sí. No me reconocí cuando al
mirarme al primer espejo me vi más roja que un tomate. Quizá fue cuando me
enfadaba tremendamente cuando no me hacía caso. O quizá fue cuando, esta vez
si, nos dimos nuestro primer beso.
Nuestra relación como "algo más que amigos" duró poco
pero fue intenso. No porque nos lleváramos mal, al contrario, nunca
discutíamos. Y la segunda vez que lo hicimos comprendimos que había llegado el
final.
Recuerdo todos y cada uno de los detalles que tuvo conmigo durante
todo aquel tiempo. Recuerdo que yo no creía que alguien pudiera tratarme tan
bien. No estaba acostumbrada. Y, cuando compartía mi asombro con él, me
contestaba "no te creo, tú mereces eso y más". Recuerdo que todos y
cada uno de los días me decía que me quería y lo guapa que estaba, aunque yo
supiera que mentía. Recuerdo que me encantaba su olor y que, a veces, me parece
olerlo. Recuerdo que muchas veces le dije que las palabras se las llevaba el
viento y él asentía... Recuerdo todas esas miradas de apoyo, pues nuestra
relación trajo más de una tormenta. Recuerdo que cuando el "qué va a
ser" se convirtió en un "nada" se me partió el corazón.
También recuerdo que yo en muchos momentos no supe entenderlo. Él
no era como los demás. A veces pensé, que nunca me quiso, pero con el tiempo
entendí que me quiso más que a nadie.
Recuerdo que con un gesto bastaba para saber que algo no iba bien
y recuerdo aquel abrazo, en el que lloraba en mis brazos, rodeados de tanta
gente...
También recuerdo que solo y exclusivamente con él tuve la
oportunidad de escuchar el silencio. Él me enseñó a soñar, a imaginar, a
madurar. Me enseñó lugares maravillosos, casi tanto como él. Recuerdo también
que nuestros lugares favoritos eran los parques, quizá porque en uno de ellos
empezó nuestra historia. Recuerdo que lo compartíamos todo. Sin dejarnos nada.
Recuerdo que, durante un tiempo, solo nos teníamos el uno al otro.
Al recordar y escribir todo
esto sonrío y pienso lo afortunada que fui de tenerlo conmigo.
No se quien leerá esto pero, seas quien seas, te aconsejo que
hagas caso a tus sentimientos y pienses las cosas dos veces. Para no engañarte.
Vaya, esta frase siempre me sale cuando mi nieta y yo hablamos sobre sus
amores… Me recuerda tanto a mi…
Hace tiempo que no se nada de él pero seguro que, allá donde esté,
estará bien. Y que, como me prometió, no se ha olvidado de mi. Tampoco se por
qué, pero siempre he tenido fe ciega en él.
Una vez leí que cuando dudas si quieres a una persona has dejado
de quererla para siempre. Yo nunca he dudado de que lo quise y de que siempre lo
he querido. Y eso si es un siempre verdadero.
Y supongo que aquí queda mi última historia. Mi último camino
hacia un bellísimo recuerdo.
A 20 de abril de 2084