miércoles, 5 de octubre de 2011

Adiós, mi vida.

Cogió todas las cosas que compartían y las metió en una caja de lunares de colores, aquella en la que había guardado todas las pequeñas cosas de esa corta relación. Subió a la terraza y se sentó en una esquina con la caja entre las piernas. Comenzó a rociarla y, a continuación, prendió fuego a una cerilla. Se lo pensó unos instantes, mirando con tristeza, primero a la caja y luego a al fuego. Se decidió por fin y la lanzó a lo que había sido, tiempo atrás, su máxima felicidad.

Al cerrar la puerta de la terraza vio como los recuerdos se los llevaba el viento en forma de humo negro. Ya solo le quedaba una media luna con una inicial colgando de su muñeca. Nada más, y sabía, que nunca se desprendería de aquel regalo, era el único trocito que quería guardar consigo esta idiota con el corazón a pedazos.