martes, 23 de noviembre de 2010

Un simple 24

Y ahí estábamos.

Las tres mirábamos la hoguera. El sofá estaba ardiendo más rápido de lo que yo me imaginaba. De vez en cuando miraba hacia la izquierda del círculo que formamos alrededor del fuego: aquellos cinco tíos estaban abrazados, mirando también el fuego y moviéndose al ritmo del gran Bob Marley. Aquel “No woman no cry” nos afectó a todos demasiado.

-¡Venga!, coged estos papeles y apuntad un deseo. ¡Tiradlo fuerte, que caiga justo en el centro del fuego!

La madre de mi amigo nos hablaba ilusionadísima. Para aquella familia el día de San Juan era una tradición indiscutible.

Toda la tarde nos la habíamos pasado de un lado para otro, en la piscina o en el propio campo jugando a no hacer nada y, después de cenar, tocaba el momento más esperado: la quema de todos los malos recuerdos de ese año. Por supuesto, todos quemamos nuestros apuntes y ejercicios de ese curso.

Todos nos quedamos mirando nuestro papel en blanco un momento. Algunos tardaron en decidirse más que otros. Yo fui de las últimas. La verdad, no sabía que pedir. Todo era más o menos perfecto a mi gusto.

Me decidí, pero no quise escribirlo. “El deseo está pedido, ¿qué más da?”. Lancé lo más fuerte posible aquel papelito vacío y me quedé mirándolo hasta que desapareció entre las llamas.

Observaba, al lado de mi amiga, como todos saltaban la hoguera. Incluso el padre de mi mejor amigo se atrevió. Me parecieron todos muy valientes, tenía claro que yo nunca me atrevería a saltar sobre el fuego. Sin darme cuenta se me empezaron a caer las lágrimas. ¿El por qué? Ni si quiera yo lo sé.

Quizá era porque sentía que aquello nunca más se volvería a repetir.

¡Qué pena! Fueron de esos días; de los días que se quedan para recordar.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Familia

-¡Recoge de una vez, pesada! El autobús sale enseguida y vamos a perderlo por tu culpa. ¿Es que no tienes ganas de volver a casa?

Max me hablaba a chillido limpio desde la puerta de la casa. Will, Ashley y Luz esperaban impacientes ya en el rellano.

-¡Id bajando! Esperad abajo, que ya voy.

Recogí lo más rápido que pude las reglas, escuadras y cartabones que estaban repartidos por la gran mesa que pude colocar en la pequeña habitación. Las metí con cuidado en la mochila y me la colgué al hombro. Claro que tenía ganas de volver a casa, menuda pregunta. Hacía dos semanas que no pisaba mi ciudad natal, pero cuando me ponía a "trabajar" no era dueña del tiempo.

Aún no entendía como me había podido arriesgar tanto con mi futuro... ah, si, porque me encantaba. De todas formas seguía pensando que estudiar arquitectura no me iba a salir bien. Tenía el presentimiento de que no lograría terminar.

Con la maleta cogida en peso bajé velozmente las escaleras del edificio en el que vivíamos. Saludé al portero con una sonrisa y miré hacia la puerta: mis 4 compañeros de piso me miraban de forma cansada.

-Siempre igual, ¿eh?, ¡venga, por dios!

Me produjo una sonrisa la expresión de Ashley. La decía desde que la conocí, era muy propio de ella.

El camino hacia la estación de autobuses fue corto, como siempre. Mi amiga y yo tuvimos mucha suerte al poder colocarnos en el piso de Luz, Max y Will un año después que ellos. Estaba en un sitio genial de la ciudad andaluza.

Las dos horas de autobús se pasaron más o menos deprisa. La música que salía de mis cascos me relajaba notablemente. Mirando por la ventana me acordé de como había sido mi vida hace tan solo dos años. Todo estaba más o menos igual aunque de vez en cuando me acordaba de la que fue mi pequeña amiga. Que lejos quedaba nuestra amistad ahora. ¿Y qué habría sido de Pablo, James y Matt? Hacía meses que no sabíamos nada de ellos. Pensando me acabé quedando dormida.

Cuando abrí los ojos ya estábamos casi en casa. Bajamos y me despedí con una grandísima sonrisa de los que eran ahora mi familia.