lunes, 20 de septiembre de 2010

Otro encuentro.

Lloraba a más no poder, Nerea se sentía sola, abandonada, y era la primera vez que le pasaba en la playa, pero así era. Sentía que “no era la primera en la lista de nadie” y aunque sabia que no estaba bien clasificar a las personas era lo que pensaba. Estaba sentada al borde del embarcadero esperando que pasara algo que pudiera evadirla de sus estúpidos pensamientos.

-¡Hola!

“Lo que me faltaba”, pensó. Aquel chico que la perseguía constantemente había aparecido con su estúpida sonrisa y se había sentado a su lado. Llevaba intentando ser amigo suyo desde que la recordó semanas antes, pero a Nerea le ponía de los nervios. Pensaba que era un chulito de capital que solo sabía hablar de sus novias anteriores. Ella había intentado mantener una conversación y no ser totalmente antipática, pero no vio que mereciera la pena.

Se limpió las lágrimas de su cara tan rápido como pudo, pero él fue más veloz.

-¿Por qué lloras? ¿Quien ha sido?- dijo con tono burlón, esperando de ella una risa.
-¿No sabes dejarme en paz?- respondió seca, borde.
-No es que no sepa, es que no puedo- y le guiñó un ojo.
-Piérdete, nadie ha pedido que vengas.
-¿Siempre eres así de antipática con los que intentan animarte?
-Solo a veces. Pero contigo es un placer- esta vez la que guiñó un ojo fue ella, esta vez divertida.
-No voy a parar hasta que eso cambie.
-Adiós.
-Acabarás muriéndote por mis huesos- le susurró al oído al tiempo que se levantaba.

Y Nerea no supo como, pero sonrió de una forma estúpida.

-Y no estás sola.- esta vez lo dijo de una forma muy seria. A ella le dio seguridad.

Y volvió a sonreir.
Se quedó pensando en sus palabras. Quizá se había pasado con él, ahora no le parecía tan mal chico. De repente un avión de papel se estrelló contra su espalda. Al final del muelle: él. Lo abrió con cuidado y leyó: “las personas verdaderamente especiales son las que en vez de hacerte reir, te hacen sonreir.”

Se volvió. Pero él ya no estaba.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La fatídica noche (I)


Si las cosas hubieran surgido de otra forma ahora no estaría recordando esto de esta forma y habría sido un simple 31 de octubre…


Corríamos despavoridos por los pasillos de aquella casa supuestamente encantada. Con la adrenalina a tope, Will agarraba mi mano con tanta fuerza que sentía que él tenía más miedo que yo. Aún sabiendo que esas personas eran actores no podíamos evitar chillar cuando nos asustaban. Días antes me confesó que a la noche de brujas le tenía mucho respeto. Esas palabras me produjeron una estruendosa carcajada.


El bajo seguía como siempre: instrumentos al fondo que hubo que quitar y desorden por todas partes. No llegué a sentarme en el sofá, ya que habían sucedido demasiadas cosas entre esos cojines.

La bebida corría demasiado rápido de unas manos a otras y, poco a poco, empezó a sonar la música. A algunos se les subió demasiado rápido la noche a la cabeza y bailaban de una forma ridícula, típica de borrachos o de los que quieren parecerlo.
Pablo se bajó los pantalones delante de todos, como siempre. Algo que veía totalmente desesperado para llamar la atención y algo que yo odiaba profundamente. La noche siguió así, tranquila, risueña.


Se empeñaron en acompañarme a casa. Luz se había quedado con Max, mientras que Pablo, Ashley, Will y Julia seguían conmigo unos diez minutos más.
Los diez minutos que marcarían la noche y el resto de meses posteriores.

domingo, 5 de septiembre de 2010



La niña tenía unos once años, su sonrisa era bonita, aunque un poco atrofiada por culpa de un diente que no había terminado de colocarse en su sitio. Sus ojos marrones casi negros trasmitían una seguridad de chica mayor. En aquel tiempo su pelo lacio y negro descansaba sobre sus hombros.
Su madre había considerado ese día que ya era mayor para poder pasear sola por la orilla de la playa, y después de que la niña estuviera insistiendo una y otra vez durante seis años su alegría fue máxima.
Atravesó sonriendo la pequeña cala que ambientaba ese pequeño pueblo donde vivía durante los dos meses de verano, mojándose los pies y de vez en cuando dando patadas al agua increíblemente limpia aquel día.

El sol brillaba con fuerza, parecía el día oportuno para que aquello pasara: todo era perfecto, un perfecto día de verano. Al terminar su paseo decidió ir al embarcadero y retrasar un poco más su llegada, aunque sabía que su madre ya estaba preocupada.


Salió corriendo y se sentó en la última tabla, donde se paraban los barcos y balanceó sus largas piernas una y otra vez. Mientras, se miraba la pequeña cicatriz que marcaba su rodilla derecha.
Se levantó a los minutos y al llegar al final se tropezó con un chico por ir absorta mirando hacia el mar. El niño aparentaba una edad superior a la suya, pero no conseguía cifrarle una edad. Su pelo era pardo, liso, muy brillante y aparentemente suave (tiempo después descubriría que si lo era). Sus ojos increíblemente marrones la penetraron y no pudo articular palabra. A ella le pareció que a él le había pasado lo mismo. De su boca no salió nada, solo un: perdona, enana. Y su sonrisa la cautivó.





Tiempo después ese chico la haría infeliz y feliz , en el mismo sitio donde se cruzaron con once y trece años. Pero de una forma u otra, serían los momentos más inolvidables que ella viviría durante dos meses al año.