viernes, 9 de julio de 2010

Verano




Como todos los años por estas fechas me encontraba en mi pequeña habitación dorada. Sacaba las cosas de los cajones despacio, la verdad es que no tenía prisa por terminar aquello. Yo sabía que significaba: me iba.

Siempre me gustaba hacer la maleta, para todo. Y mucho más aquella. Eran mediados de julio y al día siguiente tomaría rumbo a mis queridas tierras veraniegas. Llevaba todo un curso esperando a que llegaran las vacaciones y por fin me iba.

Aunque este año me había dado cuenta de que las cosas eran diferentes. Una grandísima parte de mi quería marcharse cuanto antes, cambiar de aires, ver caras nuevas. Está claro que un mes y medio en una playa es de lo más relajante. Pero cuando me quedaba quieta y pensaba, una pequeña parte de mi tenía miedo de irse. Sabía que se perdería un montón de cosas. Tenía pánico de la vuelta. ¿Y si las cosas habían cambiado? Siempre tenía miedo a los cambios.

Sacudí la cabeza intentando enviar lo más lejos posible esos pensamientos, que me atormentaban desde hacia bastante tiempo.

Sabía que aquel verano prometía más que el anterior. Llevaba ventaja: este verano sabía con exactitud a que me enfrentaba en cada momento. Tenía claro que nadie más volvería a jugar conmigo y tenía claro que aprovecharia ese mes y medio, porque tenia claro que me lo merecía.

También sabía que no podría evitar quitarme de la cabeza a Will, o a Luz, Ashley y Julia ni siquiera a Max. Pero tendría que verlos algún día.


A la mañana siguiente las prisas agobiaban a mi madre. Con bastante alboroto metimos como pudimos todas las cosas en el pequeño maletero de nuestro viejo coche. Subí una última vez a mi casa y entré en mi habitación. La miré con melancolía, pues no sabía si ese mes y medio podría aumentar un poco más. Tampoco quería pensarlo.

Me puse mis cascos blancos y elegí cualquier canción para que me ambientara el camino. Con mis Rayban observé por última vez las desgastadas carreteras y las secas montañas.

Una lágrima cayó y mojó la pantalla de mi móvil, la abrí. La foto de él dándome un beso en la mejilla me hizo mostar una amplia sonrisa. Al cerrarlo observé como mi superhéroe miraba hacia delante.

Decidí hacer lo mismo.

jueves, 1 de julio de 2010

Paula


Paula tenía unos ojos verdes preciosos, un pelo rubio enroscado en el que podían perderse ejércitos y una cara de ángel que podía conseguir cualquier cosa. Paula tenía todo lo que una niña de 10 años podría necesitar, excepto una cosa: amigos.

Paula siempre había sido una niña muy solitaria, desde que iba a la guardería ningún niño de su edad se había acercado a ella ni un poco. Aunque una vez, tuvo una amiga. Andrea. Paula la recuerda de vez en cuando con melancolía, pues fue la única niña que compartió con ella algún momento de su vida, la única de la que recibió un abrazo. Pero de un día para otro Andrea desapareció y Paula no volvió a saber de ella. La pequeña Paula vagaba sola por su escuela, por las calles de su barrio. Todos sus compañeros aseguraban que era una chica rara y que no les inspiraba confianza. Sus padres pensaban que ella se portaba mal, pero en realidad nunca hacía nada malo. Podría decirse que Paula era la perfección personificada. Y por esa razón no entendía porque nadie se acercaba a ella.

Añoraba la compañía. El único contacto que mantenía era con su hermano mayor, Fernando. Pero él era frío con ella.

Todos los días, al volver de la escuela Paula se sentaba en su cama y se miraba en el espejo de su tocador preguntándose qué hacia mal y porqué le pasaba esto a ella. Estaba convencida de que niñas mucho peores que ella estaban rodeadas de gente. Después se tumbaba en su cama, se encogía y lloraba. Lloraba durante mucho tiempo, hasta que se quedaba dormida.


Esto la convertiría, con el tiempo, en lo que siempre odió.